Che Guevara, indispensable de estos tiempos

El Che Guevara no dejó nada material, solo legó un ejemplo. Todavía algunos lo consideran un hombre áspero, sin comprender que las altas cimas de la consciencia humana no están hendidas por el compadreo, so pena de formar “buenas gentes”, y echar a perder a los hombres.

Hubo un tiempo quimérico- que tanto amé- en el que, ser como el Che, parecía una meta “inalcanzable”. Hoy es diferente, a pesar de los escenarios complicados de la globalización, el carácter hegemónico de lo trivial y la persistencia machacona, de quienes intentan desmontar la historia.

Jamás pidió el Che Guevara lo que no fue capaz de hacer, incluso a contrapelo de su asma. Y en verdad, cualquiera no puede ser émulo de tal Quijote, porque se necesita altruismo y una creencia imperturbable en el mejoramiento humano para acceder al gran lunar de humanidad que llevaba en el pecho.

Aprendí de su conducta, y lamenté que mi única conexión con su antológica existencia fueran los libros, las fotos y su diario. Obstinado como siempre fui, como no ha dejado de ser mi generación, me vi con ganas de aquel tatuaje con la foto de Korda y comencé a usar la boina guerrillera y a llevar la barba corta, que aún conservo.

Para algunos es tarde, y lo reconocen, porque llegarle a la cintura es un asunto complicado.  Eso de compartir lo poco entre muchos, de ir el primero, de auto proponerse para lo complicado y lo desconocido, y poner rojo al más plantado no va con todos… solo con Guevara.

Pero hay mérito en el intento y en la posibilidad de asumir sus doctrinas, su visión de patria y su pasión sin límites, pasos que conducen al umbral de su prolífica existencia.

 Guevara: “Serénese, que usted va a matar a un hombre”

 “Serénese, que usted va a matar a un hombre”. Tantos libros que leí de su puño y de quienes lo conocieron o imaginaron; tantas anécdotas, tantos pensamientos de boca en boca, escritos en paredes, pancartas y gigantografías, y llegué tarde a su frase más viril, a la más redentora, a la única que vale la pena escuchar para envidiarle de por vida: “Serénese, que usted va a matar un hombre”.

El Imperio mató al nuevo Prometeo, cortó sus manos y le hirió en el flanco con la lanza ponzoñosa de los traidores, pero no pudo asesinar el paradigma.  Contra todos los pronósticos, el Che descendió de los mármoles y bronces; de las diatribas y las lenguas infames, para convertirse en carne y sangre de un continente; o mejor aún, en el pan y en la sal de la vida.

 El bandido que disparó no pudo imaginar en su eterna miseria, que aquellas balas crearon la leyenda más grande del universo. Mayor que la de Gandhi, Gengis Kan, El Dorado o la Atlántida, con todos sus tesoros.

Cuentan que, desde el cosmos, la escuelita de la Higuera se ve mejor que la Gran Muralla China, y si no es así, debía serlo, porque allí, el día que El Che Guevara perdió la vida, víctima de un odio que aún galopa sobre el mundo,  enmudeció la Humanidad que había dicho basta y echado a andar.

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