Es Héctor y lo trae el polvo del camino. A sus espaldas un jolongo de poemas que escribe cada noche sin pensar en lecturas, autógrafos o editoriales que le publiquen.
A un lado del camino, la “aldea”; retablo, guarida, espacio personal en medio del campo, al que se entra por improvisada verja hasta la choza, que se me antoja la de Baba Yaga, Risitos de Oro o la de la bruja de Hansen y Gretel.
En el patio, guarnecido de árboles frutales que cimentan la intimidad del escriba, hay gallinas, abejas y agua fresca que brota a un costado del bohío. Héctor, que se me ocurre homérico, abre una puerta de burdas tablas, acomoda sus cosas y sale al portalillo. Sentado en su taburete, comienza a narrar su vida.
“Aquí nací y aquí nació mi poesía; nacieron mis cuentos y todo mi universo que se reduce a este calvero en medio de tanto verde, cerca y lejos, desconocido, anónimo pero feliz.”
En sus ojos danza un brillo juvenil que contrasta con los 73 años vividos. Sus manos acarician un poemario personal que alguien le imprimiera cuando aún se arriesgaba a participar en talleres literarios.
“Siempre he escrito poesía romántica, poesía revolucionaria y poesía abstracta. Surge de mí, no la puedo evitar; me arrastra durante la noche, de madrugada y enseguida me levanto, prendo la luz y me pongo a escribir en lo primero que encuentre. Así es Héctor y nada lo cambiará”.
El poeta en su entorno
Hace una pausa en la conversación para alimentar a sus gallinas. Las aves se pelean, él sonríe, sus pómulos gallegos se inflan y se me antoja un chico juguetón que disfruta cada instante de la vida. Entonces comprendo por qué la frustración y a la amargura no lo seducen.

“Tengo cuentos realistas de tiempos en los que este país era un páramo de injusticias. El que más me gusta es, “El guanal de los jíbaros” y trata de las injusticias que vivió un poblador de por aquí cuando el batistato, en cada renglón que escribo intento transmitir un mensaje de esperanza a los más jóvenes, aunque lamentablemente ya leen muy poco. Por eso también improviso décimas y, al menos, me escuchan y algo aprenden.”
Lo acompaño a buscar agua y allí me confiesa del olvido en el que ha vivido su obra.
“No creo que lo que escribo es extraordinario; alguien me dijo un día que eran buenos poemas, pero también me dijo que estaba en un charco con caimanes más grandes que nunca me dejarían sacar la cabeza, y yo me lo he creído”.
No sé por qué, las palabras de Héctor no me asombran. Por eso me alegra la décima espontánea que canta al desagravio y al ostracismo que ha vivido.
“Yo soy caña que han molido
Décimas del desagravio. Autor: Héctor Montano Linares
en el trapiche más cruel,
una cosecha de miel
fermentada en el olvido.
pero los que no han podido
de mis mieles disfrutar,
podrán volverme a pasar
por trapiches que me duelan
porque mientras más me muelan,
más mieles van a encontrar”.
Poeta, como relámpago en pleno día
Le pregunto por su casa y adivina un halo crítico a lo que considero un extremo de incomprensible austeridad.

“Vivo con mi hermana- aclara- y voy a hacer mi casita en el pueblito de Lázaro, pero esta choza la voy a reparar, porque aquí es donde me inspiro, rodeado de los árboles que yo mismo he plantado, al lado del camino por donde pasan tantas gentes que me saludan”.
Vuelve al taburete recostado, y otra vez da riendas sueltas a su caudal inagotable de historias personales que nadie podría imaginar.
“Tengo dos misiones internacionalistas; una en Angola y otra en Guinea, al mando del general López Cuba. Allá yo era soldado y poeta. Al general le gustaba que yo improvisara y no dejaba que me apartara de él. Me jugué la vida por una causa justa, conocí la miseria más espantosa de primera mano y entonces supe lo que era amar a Cuba y la suerte que yo tenía de haber nacido aquí”.
Héctor lamenta no haber estudiado. Cree que sí lo hubiera hecho hoy sería alguien “grande”, y lo dice con sano orgullo, sin dobleces.
“Yo no tengo nivel cultural; creo que tengo noveno grado, pero leo mucho, y lo que escribo me sale del corazón. Ni yo mismo sé cómo me llegan las palabras, pero no las desaprovecho”.
Quijote
Le pregunto por su poema más famoso, el que muchos desean haber escrito. “¿Quijote?- inquiere sonriente- Escucha un fragmento”:
“Ya no hay caballeros valientes
«Quijote (fragmento) bAutor: Héctor Montano Linares
ni Sanchos justicieros.
Dulcinea envejeció
al saber su ultimátum.
Urge un Quijote
desafiando molinos,
con espadas andantes”.
Sube el sol y me despido; atrás dejo al poeta en sus obligaciones mundanas; pienso en lo poco que sabemos de las gentes y en la insignificancia aparente, u obligada, de algunos que llevan un sol en el pecho. Ojalá algún día, no muy lejano, pueda ver en librerías o bibliotecas de este país un poemario con su nombre, el del poeta guajiro y su carga de sueños.
