Hombres de Fe

Somos hombres de Fe. Así es, Fe, con mayúscula, porque la nuestra es de las grandes, de la que ya no viene al mercado, ni se puede encontrar en tiendas de antigüedades, casas de empeño o almacenes de productos ociosos.

Nuestra Fe es enorme, actualizada, y matizada por la virilidad que en esta isla asiste, lo mismo a hombres que mujeres, porque los de acá, se amarran los pantalones y por la patria, cargan contra lo que sea.

Y sí, Fe, mucha Fe, en las raíces criollas, en la cubanidad que se mezcló en crisol especial, a trece mil grados de temperatura, machete y tea incendiaria incluidos, con un poco de lo mejor que existe en cada confín del planeta.

Tenemos confianza absoluta en los credos ancestrales de abuelos y padres; creencias auténticas en lo real maravilloso, en lo humano y lo divino. Fe extraordinaria que no se circunscribe a la “muela” de cualquier engolado, ni a los rezos malsanos de ciertos ministros espirituales y falsos profetas, de por ahí y de Internet.

Cuba es nuestra. Foto ACN

Somos hombres y mujeres devotos de la esperanza, herederos de una estirpe guerrera que, hacendados criollos, estudiantes, intelectuales, negros y mulatos del lejano siglo XIX nos legaron para que, en el presente, afiláramos bien el guámparo contra las piedras del río.

Cultivada en las montañas, protegida en las ciudades, maldecida en las mazmorras y alimentada con las vidas de miles de jóvenes en la flor de la edad, la Fe por Cuba se mimetizó en los elfos de verde olivo que hicieron huir al tiranísimo Batista, y con él a los ladrones, a los mafiosos y a los politiqueros que hicieron de este país un infame garito.

La Fe en el porvenir hizo posible que Cuba enseñara a leer y a escribir a sus ciudadanos en solo un año y que, a partir de una decena de galenos que se quedaron, la nación se convirtiera en potencia médica mundial. «Cuestión de creer y echar ‘palante», diría mi padre.

Con la Fe en el socialismo, como único escudo, corrió la sangre generosa en las arenas de Girón y tiempo después, resistimos la amenaza nuclear. Con ese mismo espíritu en el corazón, los tripulantes del Herman enfilaron la nave contra las torres petroleras del Golfo. Preferían hundirla en el mar, antes que traicionar.

Nuestra Fe en la humanidad fue la causa del internacionalismo que hizo posible la liberación de Angola, la independencia de Namibia y la caída del odioso Apartheid en Sudáfrica. Fueron los nuestros soldados de paz que regresaron trayendo consigo solamente los fusiles y sus muertos.

La fe en la humanidad nos llevó a Angola. Foto: Prensa Latina

 Y en los años difíciles del Periodo Especial, la inmensa Fe que Fidel inculcó a su pueblo encendió la luz al final del túnel, sin reparar en la soledad del mundo agresivo y unipolar de los 90. Aprendimos a vivir en la mayor austeridad, entre sombras y amaneceres, en la penuria y la zozobra, sin perder la perspectiva de tiempos mejores.

Por nuestra Fe nunca hemos sido perdonados. Somos el pueblo que la hienas eligieron para el sacrificio, los castigados por ser libres e independientes. Pero también somos los herreros que forjaron las lanzas de la resistencia; y los atrevidos que convirtieron la amenaza, en partera de la espada que guarda la puerta del futuro.

Solo hombres y mujeres que creen firmemente en una idea pueden caminar entre tinieblas y salir airosos de la prueba. En los peñascos de una costa gris, los mensajeros de la muerte alistan sus cañones verbales. Ya una vez lo intentaron con obuses.

Hoy solo les queda la retórica y el amparo del amo poderoso, que no comprende el sentido de nuestra Fe, esa que no se profesa en los altares, y si ante la tumba de los caídos por la independencia y la soberanía.

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