Isabel Rubio Díaz, semilla inmortal de occidente

Vio la luz el 8 de julio de 1837, entre sábanas de lino. El llanto fuerte de recién nacida, los pasos nerviosos del padre y los vapores del agua tibia esparcidos por la habitación marcaban el principio de una vida dedicada al bien y a la libertad: la llamaron, María Isabel.

Hija de un médico, perdió a su madre cuando más la necesitaba. Pero creció en un hogar de amor y ley, donde no faltó la educación rigurosa y las ideas independentistas de los buenos cubanos.

Su vida pudo discurrir entre cuchicheos banales de la pequeña burguesía pueblerina, en Paso Real de Guane, o en los salones opulentos de la sociedad habanera, pero, en alarde nada pueril, aplaudido por el padre y los hermanos, la joven Isabel prefirió la naturaleza, el aire en los pulmones y la magia del gran río que lleva nombre indígena y corre sereno, al sur.

Museo Casa Natal de Isabel Rubio
Museo Casa Natal de Isabel Rubio en Guane

Fina e instruida, no escapó a los convencionalismos que la época deparaba a la mujer. Con solo 16 años, Isabel contrajo nupcias con Joaquín Gómez y de la unión nacieron Ana María, Isabel, Rosa y Modesto.

Pronto experimentó la aventura de vivir para los suyos. Asumió como propios a César y a Octavio, los hijos de Ana María, la hermana que murió temprano. Después fue Rosa, que partió tranquila y dejó en sus brazos a Rosita. Así de grande fue el corazón de aquella mujer con vocación para curar las heridas del cuerpo y el alma.

Vista del Museo Casa Natal de Isabel Rubio

Isabel Rubio: El despertar de una idea

El matrimonio de su hija, Isabel, con el médico pinareño y coronel del Ejército Libertador, Enrique Canals Infante, canalizó sus ideas libertarias, que apenas dormían. Canals Infante, que ganó prestigio en la contienda del 68, y del que se dice, estuvo en Baraguá, tenía residencia en Cayo Hueso. Allí la Rubio Díaz retomó conexiones con los exilados revolucionarios, y a sus 58 años demostró los mismos impulsos de la tierna juventud para lograr la independencia de Cuba.

En Nueva York, profundizó la relación con el independentismo cubano en el exilio, se entrevistó con Martí y supo que, más temprano que tarde, estallaría el levantamiento armado. Fue tan alto su verbo de pasión desbordada que, Gómez y Maceo le confiaron la organización de los grupos independentistas en el occidente de la isla; y fiel a la palabra empeñada, convirtió la casona familiar en el centro conspirativo más significativo de occidente. 

El 24 de febrero de 1895, tras el Grito de Yara, las autoridades españolas apresaron a su hijo, Modesto. Una vez liberado, cuentan que la matrona fuerte, le dijo: “¡Muérete antes que volver a dejarte apresar!”

Parque dedicado a Isabel Rubio
Parque dedicado a la capitana de occidente, en el poblado que lleva su nombre

Inició la guerra contral el colonislismo español y los hombres se fueron al campo de batalla. A pesar de la oposición familiar, por la edad y las dolencias, ella los acompañó. En enero de 1896 el general Antonio visitó la casa de Isabel Rubio. Allí le impuso los grados de capitana de Sanidad, a la patriota vueltabajera.  Corría febrero de 1898 y el ejército español descubrió su hospital de campaña.

Brava como el filo del machete, conminó a la soldadesca a no disparar contra mujeres y niños, pero una descarga de fusilería le causó una herida importante en la pierna. Prisionera y obligada a caminar hasta San Diego de los Baños, recibió una cura de campaña que no pudo impedir la aparición de la temible gangrena.

Tres días después, víctima de las fiebres y la avanzada infección, en una cama del hospital San Isidro, de la ciudad de Pinar del Río, falleció la capitana de Occidente. Pero la semilla que plantó en esta región de Cuba, es inmortal, y crece.

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