Mantua la musicalísima de Pinar del Río

Mantua tiene una excelente musicalidad. Si no lo creen pueden venir, mirar, escuchar y percatarse que, en cada esquina de este pueblo, hay un diamante melódico en potencia.

Cierto es que tuvimos banda de música. Alguna vez fue así. En mayo de 1946 se creó en la villa una escuela para estos fines, y unos meses más tarde, la banda “La Invasora”, integrada por 53 miembros. Las primeras interpretaciones fueron danzones y boleros, pero una vez que aumentó el repertorio, animaba actividades civiles, militares y religiosas.

Esta tierra de Mantua es la cuna de aquel poeta cuyo nombre ya nadie recuerda, quien fuera descubierto por su propio hermano, en la barranca del río, cantándole décimas a las hojas que arrastraba la corriente. Uno de esos jamás fue derrotado por jilguero alguno.

Dicen por ahí, que un día, aquel hombre de buen vestir y activa mirada iba por un camino y vio a un niño negro con las ropas sucias, rotas y, como no podía contener aquel pico de oro, le dijo:

-«Negrito, ¿Tú eres la perla?» Y el niño, rápido como el pensamiento, le soltó: -«No señor, lo han engañado. Porque si yo fuera perla, no estuviera en este estado».

Bajó el poeta de su cabalgadura, se quitó el sombrero y le extendió 20 pesos- una fortuna para la época.-«Toma, tienes que aceptarlo- le dijo- porque eres la única persona que me ha derrotado». Algunos afirman que, en ese camino, había enfrentado al mismísimo diablo.

En broma y en serio

Los Caro, en acción. No hay mejores poetas en Mantua, para cultivar tradiciones. Imágenes de Archivo.

Pero no vengo a por lo formal, sin dejar de rendir- por supuesto- tributo a todo aquel que, en Mantua, cogió un laúd, una guitarra o un tres para sacarle melodías que el corazón y la mente dictan, lo mismo a un músico habanero, que a un guajiro de Caracoles.

¿Dije en broma? pues no: en realidad es muy en serio, porque la risa sana, no lleva burlas y en su cabalgata por los labios, solo es capaz de imprimir simpatías y buenos augurios. Es también un regalo a mi abuelo, por haber construido su propio violín y su guitarra, y haberme dejado el recuerdo de aquella canción mexicana que dice:

«Guadalajara en un llano/ México en una laguna/ Me he de comer esa tuna/ Me he de comer esa tuna/ Me he de comer esa tuna/ Aunque me espine la mano».

Por eso quiero hablarles de lo hilarante y lo sublime de aquella música mantuana, nunca reconocida y que, en tiempos más aciagos que los de hoy, no solo sirvió para divertirnos, también para relajar el espíritu y echar al vuelo las campanas de la imaginación.

Mantua y sus grandes de la música

En la foto el Septeto «Maravilla» Imágenes de Archivo.

¿Quién no conoció a Baldomero, el de Mantua? Yo era un chico y lo recuerdo, prieto, prieto, con una sonrisa de oreja a oreja. Era el operador del único tractor verde botella en la historia de Cuba. El único tractor que, además, tenía una guitarra detrás del asiento del conductor .

No, los rusos no lo construyeron así. Fue la musicalidad cubana la que construyó a Baldomero junto al instrumento de cuerdas que tanto amó y que, a unos cuantos años de su muerte, aún lo define.

¿El grupo del Encinal? Otra leyenda. Cuentan que una tarde de fiesta llegó hasta esa localidad campesina, allá por Santana, un grupo de La Habana. Claro que los guajiros fueron, pero solo bailó una pieza el joven Reinerio Meléndez Laza y una maestra de Mantua.

Cuando recogieron sus instrumentos y a la espera del ómnibus, tuvieron la oportunidad de escuchar al grupo del Encinal: guitarra, laúd, tres, violín, tumbas, bongós y contrabajo…y fue esa la tarde en la que los citadinos bailaron con las guajiras, de tan asombrados y felices que estaban de escuchar aquel prodigio del monte.

Recuerdo al más famoso grupo de Arroyos de Mantua, al menos en los tiempos de mi juventud, en el periodo especial. Se nombraba Ola Son, tenían un ómnibus reconstruido por ellos mismos y viajaban hasta la mitad de Cuba por casi nada.

En Ola Son tocaban músicos como, El Chino, que en gloria esté, de tan buena persona que era ese mulato. Y Juan, que en la actualidad no hay quien lo aventaje sacándole el llanto a una guitarra prima, y nuestro Mandín, el del septeto Maravilla, que seguramente tocó los cueros alguna vez en ese grupo.

De ellos recuerdo muchas canciones, pero con más cariño aquellas de los Bukis, con las que bailé y enamoré:

«Voy por la calle, de la mano/ platicando con mi amor/ y voy recordando cosas serias/ Que me pueden suceder…»

También hago honor al grupo de Dimas, que si bien recuerdo se llamaba, Brisas del Mar; el mismo que en la noche del primer gran carnaval post periodo especial que celebrara Mantua, allá por el verano del 2001, tocó hasta las seis de la mañana e hizo bailar a un pueblo que, si no tuviera mala memoria, recordaría el gesto desinteresado y gratis de los mejores aficionados que conozco.

Por ellos me hice devoto a improvisar. Si, a improvisar… en casa, alguna que otra tonadilla, creyéndome salsero.

Oyé, yo sé que tú eres la niña/ la chica que hay en mis ojos/ Si miro tus labios rojos/ entiendo por qué eres linda/ suénaloooooooó….

Homenaje a los guajiros de Mantua

Guajiros de pico fino. Imágenes de Archivo.

Hay quien piensa que es cursi mencionar a aquellos guajiros sencillos, desposeídos de malicia, creadores de un grupillo al que llamaron, Los Poliéster.

Ellos mismos solían cantar: «no somos buenos músicos, pero somos tremenda tela¨.

Se fue la electricidad y un miembro del grupo gustaba empinar el codo, en medio del apagón, se metió debajo del escenario a beber. Horas después, apareció.

El director lo ve en condiciones paupérrimas y le dice:¡Poliéster, Botao! Poliéster lo mira con los ojos cruzados y responde con la interrogante de los 10 millones: -¿Si, y el nombre del grupo, qué?

Los Poliester eran músicos «urbanos», y reunían a las personas para pasar un momento agradable en medio de las penurias económicas de los 90. Pero en los campos, también se formaban cada piquetes.

Por aquellos tiempos estuvieron en el ranking de la radio y la TV, Los Ocho de Colombia, con aquella canción que decía:

«Sabroso, sabroso/ con los Ocho de Colombia, sabroso». Y sus émulos de esta tierra, que eran de Paso del Medio, decían:

«Sabroso, sabroso/ con los ocho e´Paso el Medio, sabroso».

Todo podía parecer muy poético, si no fuera porque el cantante… era fañoso:

«´abroso, ´abroso´/ on los ocho e´Paso el ´edio/ ´abroso/ tú ´ices que no ´e ´ieres/ y ´e ´erdad/ Tú ´ices ´e ´engo otra/ y ´e ´erdad….» ¿Se imaginan?

Innovaciones también las hubo. Había un grupito por Antúnez, entusiastas de verdad, y doy fe de sus melodías y afinación. Solo que, al repertorio propio le sumaban canciones de Juan Gabriel que después modificaban al antojo.

«No, no, no, no, no, noooo/ si te mueres no me lleves/ tatatán y palante/ conmigo/ tatatán».

Epílogo merecido

Disculpen los deseos de hacerme este regalo dominical, y recordar aquellos tiempos en los que, éramos menos sofisticados y más sanos de espíritu.

Hoy jugamos al duro: tecnología, afinación, letras, grupos consolidados y personas con mucha garra, dispuestas a luchar por un sueño, y eso es bueno, pero, ¿Por qué sustraernos al recuerdo y la sonrisa, si tenemos toda la vida para recordar a los que, sin cobrar un centavo nos hacían la existencia más llevadera?

Creo que es el mejor homenaje a las cuerdas de una guitarra, y a los hombres que las tocaban en nuestros campos y villas. Para todos un, GRACIAS- con mayúsculas- por haber estado ahí cuando los necesitamos.

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