Historias cotidianas ante la pandemia

Estos meses de pandemia tienen muchos nombres, historias de personas que desde el anonimato sirven a quienes viven momentos difíciles de espera e incertidumbre.

Unos cocinan, otros limpian, otros conducen el ómnibus o el taxi, otros lavan, todos saben que hay riesgo en lo que hacen pero están ahí donde se les necesita.

Han sido días de aprendizaje continuo, de aciertos y desaciertos viviendo al límite; arriesgando sus vidas y sacrificando horas fuera del hogar para poner freno a la epidemia.

No pretenden reconocimientos ni aplausos, los he visto llorar cuando conocen que un paciente resultó positivo a la COVID-19 también los he visto alegrarse cuando otro se recupera.

Los deportistas hace mucho no saben de terrenos, gimnasios o canchas. Hicieron un paréntesis para atender a los que viven en cuarentena, hoy son mensajeros y lo hacen con orgullo. Los más jóvenes marchan a los centros de aislamiento allí donde la posibilidad de contagiarse es mayor.

Qué decir de los epidemiólogos en sus largas jornadas, cazadores del microscópico enemigo. Con su indumentaria que no permite ver el rostro pero sí la heroicidad de lo cotidiano para determinar donde encender las alertas.

La mayoría seremos seres humanos más concientes del valor de la libertad y la solidaridad, recordaremos a los que merecen un monumento por su entrega sin límites.

La COVID-19 se convertirá en pasado, cada cual contará su anécdota, otros llorarán a los ausentes, todos tendremos alguna secuela de los tiempos en que besos y abrazos estuvieron proscriptos.

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