Punto de no retorno, frías palabras que por lo general ponen a prueba los nervios de pilotos volando sobre el ártico, a un marino en medio de la borrasca, o a los habitantes de un planeta al que, en los próximos años, le será imposible dar marcha atrás.
Los «terrófagos» de la Amazonía, los necesitados de espacio para el cultivo y la ganadería, los dueños del capital; ese uno porciento que concentra las riquezas mundiales, tienen puesto el dedo en el gatillo de una pistola caliente, que apunta a la cabeza e invariablemente dispararán.
Lo que no quieren ver los poderosos
Las imágenes de un koala entre las llamas le dieron la vuelta al mundo, y puede que Australia no sea el caso de Brasil, pero el cambio climático, esa mariposa que bate sus alas en las costas de Terranova y provoca tsunamis al otro lado del planeta, es la más abrumadora evidencia de un futuro incierto en el que pagaremos por encontrar el color verde en medio de las arenas y desiertos de un mundo agónico.

Pocos acuerdos han prosperado en los últimos años, si de parar los efectos de esta hecatombe global se trata. Desde la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, adoptada en 1992 en la Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro, cuyo objetivo es – o fue- la estabilización de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, ha llovido mucho- lluvia ácida, por cierto-, se han acumulado billones de toneladas de Co2 en la atmósfera y los madereros de Suramérica talaron millones de hectáreas para llenar sus bolsillos con el futuro de la humanidad, un futuro sin retorno.

Según datos de Naciones Unidas, los últimos cuatro años han sido los más calurosos de la historia y las temperaturas invernales del Ártico han aumentado 3 °C desde 1990. Los mares suben sin parar, a punto de desaparecer cientos de islas en el pacífico, los arrecifes coralinos mueren, los animales terrestres pierden sus hábitats y el aire se torna irrespirable en las grandes urbes.

Si actuáramos de inmediato, o mejor dicho, si los poderosos de la tierra quisieran, puede que sea posible reducir las emisiones de carbono y frenar el aumento de la temperatura media anual por debajo de los 2 °C. El Acuerdo de París, detalla las medidas para detener la alteración del clima e invertir su impacto, pero el convenio carece de viabilidad porque actualmente su contenido es letra muerta para los grandes emisores de gases.
De nosotros depende
Y es que esta gran batalla, quizás la última de la raza humana por su derecho a existir, no puede ganarse por separado. Los países en desarrollo han de tener acceso a las tecnologías verdes, y el mundo rico ha de contribuir con para que las metas de desarrollo sostenible sean tangibles, sin ganadores ni perdedores. Al fin y al cabo estamos todos juntos en esto.

La única nave espacial segura que tenemos está en curso de coalición, y eso nos pone en el punto de no retorno, como especie. De nosotros depende que continuemos serruchando esta rama endeble, que mucho ha soportado y a la que, ya, se le notan los estragos del cansancio y las irresponsabilidades.