Un grano de responsabilidad, no más que un grano de arena; apenas una pizca, la cuota necesaria y todo iría mejor.
Es cierto que “la Cosa”, camina en el viento, en la pantalla del móvil, en el pasamanos del ómnibus, en el dinero o en el aliento inocente que empaña los espejuelos cada mañana.
Cuan lamentable es no poder manotear, herir, o punzar a la partícula invisible que la naturaleza- o el hombre- situó en el camino de la humanidad. Pero un grano de responsabilidad podría marcar la diferencia.
En estos largos meses- casi un año- la sociedad ha pasado por etapas colectivas y puntos de vista muy personales en cuanto a la COVID-19. Curiosidad, miedo, indiferencia son estados de la insensatez frente a una pandemia que no respeta puertas, razas o edades.
Todavía hay un poco de todo lo anterior, y muy poco compromiso. De nada valen la disposición del individuo, si el colectivo se empeña en reproducir el tumulto. ¿Y qué decir de los esfuerzos estatales por contener la enfermedad? Inmensos, y a veces, poco correspondidos.
Compromiso con Cuba

El mundo mira a Cuba y se pregunta cómo es posible que, en medio de un bloqueo genocida, sus autoridades sean capaces de alimentar a su pueblo, garantizar servicios fundamentales, enseñar a los niños y jóvenes, y contener con éxito la pandemia.
Es la proeza de un país, con todos y para todos- a la usanza martiana- pero, un país que, aún, no cuenta con la dosis de responsabilidad que se demanda de todos los ciudadanos.
Muchos no siguen las reglas: mascarillas fuera, agrupaciones innecesarias, el besuqueo, el toca- toca y la ingestión de alimentos y bebidas en grupos figuran entre las indisciplinas que el cubano no termina de eliminar.
Vivimos en una nación con altos estándares de atención sanitaria cuyos habitantes tienen inmensa confianza en los médicos y científicos, estos últimos con un par de vacunas a “punto de mate”, como decimos por acá. pero no es suficiente.
El muy común- y a veces comprensible- chovinismo de calle, muy propio de nuestra excepcionalidad, no puede degradar la percepción del riesgo. Muy por el contrario, ha de crecer y multiplicarse con cada experiencia concreta que la enfermedad revela cada mañana.
Dura pandemia
Las estadísticas mundiales son horrorosas: 41 millones de casos, 28 millones de personas recuperadas y 1.13 millones de muertes emula con la versión de la serie catastrofista norteamericana, “El último barco”.
Cuba ha tenido hasta hoy más de 5000 enfermos, 2450 recuperados y 123 fallecidos. Cifras a la altura de un esfuerzo sin par que, lejos de relajar la tensión ciudadana, debía reforzarla, porque se trata de un país referente mundial que frenó el impacto inicial, pero no pudo evitar sus consecuencias.
Somos una isla de gente fuerte, preparada y dispuesta al sacrificio. Si la primera oleada demostró cuan capaz es el sistema de salud y las estructuras de base de la sociedad, la segunda ola que hoy golpea principalmente al extremo occidental de Cuba, demanda consciencia y ese granito de responsabilidad que todos llevamos dentro.
El Sistema ha de hacer su trabajo sabiendo que la retaguardia está cubierta, con mascarillas, autoaislamiento y altas cuotas de compromiso individual. El SARS-CoV-2 se acaba en Cuba, si queremos.