Hoy 25 de abril, el mundo celebra el Día Mundial de la Veterinaria, una fecha para honrar a quienes dedican su existencia al bienestar animal. En Pinar del Río, hablar de esta profesión es, inevitablemente, pronunciar el nombre de Félix Gigato de La Nuez, aunque para todos, desde los colegas hasta los dueños de mascotas que desfilan por la clínica, él es simplemente “Felito”.
Felito no es solo un médico; es un hombre de raíces profundas y desvelos constantes. Es de esos profesionales que no logran conciliar el sueño si un paciente queda en estado delicado, de los que entienden que detrás de cada animal hay una historia de amor que merece ser defendida.
Un camino forjado entre el carbón y los sueños
La vocación de Félix no fue un hallazgo tardío; fue una certeza que lo acompañó desde el cuarto grado. Mientras otros niños soñaban con diversas profesiones, él ya formaba parte de círculos de interés de Veterinaria, descubriendo en las clases prácticas de «La Guabina» no solo una carrera, sino una forma de vida. Su empatía era tal que, de niño, vigilaba los descuidos de su padre para compartir su propia ración de carne con sus perros.
Sin embargo, el camino hacia el título universitario no estuvo exento de espinas. Tras cumplir con el Servicio Militar, la vida le puso una prueba de fuego: su familia no podía costear sus estudios en La Habana. Lejos de rendirse, Félix demostró de qué estaba hecha su determinación. Él mismo se encargó de fabricar carbón, y con el sudor de ese trabajo rudo, financió el sueño de convertirse en el profesional que hoy todos admiran.
De los potreros a la sensibilidad de la clínica
Sus primeros pasos profesionales los dio en la empresa pecuaria «Punta de Palma». Allí, bajo la tutela de mentores como el Dr. Gavino y la Dra. Ania, aprendió que la teoría solo cobra vida en el campo. Aunque inicialmente se sentía más cómodo con el ganado y el trabajo a domicilio, su llegada a la Clínica Veterinaria de Pinar del Río en 2009 marcó un antes y un después en su carrera.
El encierro de la clínica fue, al principio, un desafío para su espíritu libre, pero pronto descubrió una nueva dimensión de su labor: el factor humano. Para Felito, la medicina veterinaria moderna exige un «estudio psicológico» del dueño. «Hay que tocarle el corazón al dueño para saber si se va a salvar el animal», suele decir a sus alumnos, convencido de que la efectividad de un tratamiento depende en gran medida del compromiso y la sensibilidad de quien cuida a la mascota.
Compromiso social y futuro
A pesar de las tentaciones de emprender en el sector privado, Felito se mantiene firme en la salud pública. Su lealtad está con aquellos que, con recursos limitados, buscan una esperanza para sus compañeros de vida. Por eso, defiende con pasión proyectos como Probaf, que brindan servicios a quienes más lo necesitan.
Hoy, como miembro activo de la Asociación de Veterinarios de Cuba en Pinar del Río, Félix Gigato mira hacia el futuro con una consigna clara: unidad. Para él, la veterinaria es una carrera de resistencia y ética. A sus estudiantes les enseña que, aunque los recursos escaseen, el ingenio y la entrega no pueden faltar.
En este Día Mundial de la Veterinaria, la historia de Felito nos recuerda que la medicina animal no solo trata de anatomía y fármacos, sino de esa chispa de humanidad que se enciende cada vez que un veterinario, por puro amor, decide luchar hasta el final por una vida que no puede hablar, pero que sabe agradecer con la mirada.






