El cambio climático ha dejado de ser una advertencia para convertirse en una emergencia medible. En 2026, los tres principales gases de efecto invernadero alcanzaron máximos históricos, y agosto se convirtió en el mes más caluroso jamás registrado, con 1,65 °C por encima de los niveles preindustriales. Siete de los dieciséis indicadores climáticos vitales del planeta están en niveles récord, y el ritmo de calentamiento casi se ha duplicado desde 2010. No es un problema futuro: es una realidad que ya está reconfigurando ecosistemas, economías y vidas humanas en todo el mundo.
América Latina no es una excepción, sino uno de los epicentros de esta crisis. La Organización Meteorológica Mundial advirtió que 2025 dejó a la región bajo un calor “sin precedentes”, con sequías severas, océanos más cálidos y un aumento del nivel del mar más rápido que el promedio global en el Atlántico tropical y el Caribe. A ello se suma un fenómeno de El Niño 2026-2027 que podría convertirse en uno de los más intensos registrados, con una probabilidad superior al 90 % de alcanzar intensidad “muy fuerte”.
El impacto es doble y desigual. Mientras el Corredor Seco centroamericano, el Caribe y el norte de Sudamérica enfrentan sequías con pérdidas de cultivos superiores al 30 % y un deterioro de la seguridad alimentaria, la costa del Pacífico sudamericano y la región andina soportan lluvias extremas, inundaciones y deslizamientos. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estima que un evento extremo de El Niño podría costar a la región al menos un 2 % de su PIB en tres años y sumir a 4,8 millones de personas más en la pobreza. Para 41 millones de niños y niñas latinoamericanos, El Niño no es un dato meteorológico: es sinónimo de desplazamiento, malnutrición y escasez de agua.
La evidencia es contundente. Mitigar ya no basta; adaptarse es urgente. América Latina contribuye poco a las emisiones globales, pero paga una factura desproporcionada. La pregunta ya no es si el clima cambiará, sino cuánto costará —en vidas, alimentos y estabilidad— no actuar con la velocidad que la ciencia exige.









