A veces olvidamos que todo empieza ahí: bajo nuestros pies. No en las grandes ciudades ni en los titulares, sino en esa tierra silenciosa que sostiene la vida sin pedir nada a cambio.
Cada 22 de abril se celebra el Día Internacional de la Madre Tierra, una fecha impulsada por la Organización de las Naciones Unidas que invita a mirar el planeta no como un recurso, sino como un hogar compartido. Pero más allá de las declaraciones globales, este día tiene un significado mucho más cercano.
En Pinar del Río, la tierra no es una idea abstracta. Es trabajo, es alimento, es historia. Está en las manos de quien siembra, en el olor después de la lluvia, en los campos que cambian de color con las estaciones. Es parte de la vida diaria, aunque a veces no nos detengamos a pensarlo.
Y sin embargo, esa misma tierra también muestra señales de cansancio. El cambio climático, la contaminación, el uso irresponsable de los recursos; no son problemas lejanos. Se sienten en el calor más intenso, en las lluvias impredecibles, en los suelos que ya no responden igual.
Hablar de la Madre Tierra no debería ser solo un gesto simbólico. Es, en el fondo, una conversación urgente sobre cómo vivimos y cómo queremos seguir viviendo. Porque cuidar el entorno no es tarea de unos pocos, sino una responsabilidad compartida que empieza en el día a día: en lo que consumimos, en cómo tratamos el agua, en la relación que establecemos con lo natural.
Quizás no podamos cambiar el mundo de un día para otro. Pero sí podemos cambiar la forma en que lo habitamos. Porque la tierra no nos pertenece. Nosotros pertenecemos a ella.









