Hay una imagen que se repite en parques, consultorios y casas particulares: un niño de apenas tres o cuatro años con los ojos fijos en la pantalla de un teléfono móvil. Mientras sus dedos deslizan la superficie de vidrio, afuera quedan los columpios, la tierra, las escondidas, los primeros amigos.


No se trata de satanizar la tecnología. Bien usada, puede ser una herramienta educativa poderosa. El problema es cuando la pantalla se convierte en la única niñera, en el recurso fácil para que el niño «no moleste», en el sustituto de los juegos al aire libre y la conversación familiar.
La infancia es esa etapa irrepetible donde se aprende a socializar, a resolver conflictos, a descubrir el mundo con todos los sentidos. Cuando regalamos horas de pantalla a un niño, le estamos robando tiempo de ser niño. Le estamos cambiando la textura de la tierra por la frialdad del plástico.


Los adultos tenemos la responsabilidad de poner límites. De recuperar los juegos tradicionales, los cuentos contados en voz alta, las tardes de pelota en la calle. Porque un niño con una infancia robada será un adulto al que siempre le faltará algo.









