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Culto y homenaje al paisaje rural cubano en la propuesta de Yoemir Alfonso

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De los pocos creadores que al instante de graduarse de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro ya muestran solidas credenciales para imponer un ‟sello distintivoˮ dentro del panorama de las artes visuales cubanas se encuentra Yoemir Alfonso. Este artista visual pertenece a una generación que irrumpe en el escenario artístico en la espinosa década del noventa, sin embargo no halló reparos en proyectar una producción simbólica que ha tenido como principal leitmotiv discursivo la recreación metafórica del paisaje rural y con ello propiciar una especie de registro sui generis y evocativo que lo ha distinguido dentro del gremio desde su comienzo.

Clasificar su producción no resulta nada fácil, más aún si tenemos en cuenta que se ha desplazado con naturalidad dentro del campo de la instalación, la pintura y el dibujo, dejando entrever un dominio absoluto del oficio en cada género, amparado desde el punto de vista estético y referencial dentro de los registros del movimiento minimalista aunque su praxis pictórica posee gruesos nexos con el expresionismo abstracto.

Uno de las búsquedas ideoestéticas más recurrentes dentro de su obra es la recurrente e intencionada visión que posee el creador acerca de lo que conocemos como “paisaje cotidiano”, en su caso particular representado desde la disciplina instalativa como especie de asidero expresivo y refuncionalización hacia la temática. Yoemir no parece interesarle la reproducción mimética del entorno tal cual sino todo lo contrario, en su imaginario proyecta una suerte de trueque y simulación del paisaje bajo el ‟veloˮ del entorno natural de la vida campestre para adentrarse hacia cuestionamientos que giran en torno a la representación canónica y tradicionalista del paisaje.

Este creador ha concebido una propuesta muy cercana a lo terrenal de la vida de campo, descontextualizando a veces todos los elementos que como instrumentos y ‟emblemasˮ de la vida rural parecen cobrar otro significado desde la apropiación semántica que le otorga a cada uno, tal es el caso del alambre de púas que se convierte en yaquis, la escoba de palma cubierta de guirnaldas de arbolito y los yugos en plena metáfora de la existencia humana. Todo este abanico de utilidad tradicional del hombre y los recursos que tiene  a su alcance se convierten en una sugerente propuesta de legitimación, culto y homenaje hacia una pequeña parte del paisaje rural cubano; Todo ello se corrobora en las piezas: Patrón, Instalación (Yugos de madera), 25 x 263 x 143 cm, 2006, Celebración, Instalación (Guirnalda y escoba de palmiche), Dimensiones variables, 2006 y Prototipo, Instalación (Plomo y acero), Dimensiones variables, 2006.

La propuesta de Yoemir posee una visión raigalmente antropológica y sociológica del hombre y su relación intrínseca con su contexto más humilde, proyectando una especie de vitrina simbólica que como tarea pendiente dentro de la historiografía del arte cubano se yergue y refuerza contra todo tipo de embestidas ciclónicas desde este pedazo de tierra que nos provoca a dilucidar una contundente enseñanza; La proyección y universalización de lo que hagamos (por muy simple que parezca)  siempre va a estar amparada por nuestra más rigurosa capacidad intelectual, imaginativa y sensitiva tal y como este creador nos lo recuerda siempre.   

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