Hay cosas que no se aprenden en la escuela, pero que todos sabemos hacer. Besar es una de ellas. Tal vez porque no responde a reglas, sino a impulsos, a emociones, a ese instante en que las palabras ya no alcanzan.
Cada 13 de abril se recuerda el Día Internacional del Beso, una fecha que nació a partir de un récord curioso en Tailandia, pero que ha terminado por convertirse en una celebración de lo esencial: el afecto humano
.Un beso puede ser muchas cosas al mismo tiempo; es bienvenida y despedida, es consuelo en silencio, es amor, pero también es costumbre. En lugares como Pinar del Río, donde la cercanía forma parte de la identidad, el beso no es un gesto extraordinario, sino cotidiano: sucede en la familia, entre amigos, en la esquina, en la vida.
A veces no reparamos su valor y se vuelve automático, casi invisible. Pero basta una ausencia, una distancia, un adiós, un tiempo difícil, para entender cuánto significa. Porque el beso no es solo contacto, es presencia, es confirmación de que alguien está ahí.
He pensado en esos besos que no se ven en las noticias: el de una madre antes de que su hijo salga de casa, el de dos abuelos que han aprendido a quererse en el tiempo, el de quien cuida y acompaña sin pedir nada a cambio. Son pequeños gestos que sostienen nuestro día a día.
Quizás por eso esta fecha, aunque parezca ligera, tiene algo profundamente humano. Nos recuerda que no todo lo importante es urgente, y que en medio de la prisa siempre hay espacio para detenerse y sentir. Porque donde empieza un beso, muchas veces, también empieza todo lo que vale la pena.








