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Los “Chichos”

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Carbón

«Los Chichos» era la familia más pobres del barrio. Sin embargo, en los años más duros supieron asirse a las ramas de los árboles que le salvarían la vida en un proceso de supervivencia aterrador. El hambre causaba estragos en mentes y cuerpos esqueléticos con estómagos chirriando, miedo al abandono y a las tormentas amenazadoras que, finalmente, los lanzaron al vacío.

La madre, acariciando los 60 años, se dedicaría de lleno a la cocina y al lavado dentro y fuera del maltrecho hogar, para aquellos que gracias a la afortunada remesa podían pagar una pieza de ropa lavada.  

El padre, picando los 70 abriles, limpiaba patios y jardines por astronómicos precios de mil o dos mil pesos, cuyo valor alcanzaba a penas para un litro de aceite y una caja de cigarros, vicio eterno en él. Pronto activaría el viejo hábito de su padre de comer picadillo de gatos y perros, allá por 1930 durante la Depresión en Estados Unidos. 

Jesús, alto, flaco y huesudo, con el Servicio Militar recién cumplido en la Marina, se entregaría a la captura de «clarias» en los diques arroceros y en aquel triste río que suplicaba agua. El muy condenado vendía el filete a 200 pesos. Siempre pensó en utilizar las «clarias» para alimentar vacas, entonces se llevaría la carne para la capital y la vendería a increíbles precios. 

Juliana, la mayor de los hijos, ambiciosa y empecinada en vivir bien con un hombre bueno, fuerte y rico, se conformaría finalmente con coser y remendar, para recibir unos quilos que apenas le daban para soñar. Odiaba vivir sola. Siempre pensó en los niños, el hogar feliz de las películas y el estilo de vida norteamericano. Murió virgen, sin carne, huevos y leche.

Los Chichos pescando con redes
Los Chichos pescando con redes

Lázaro era chiquito, enfermizo, temperamental y con los nervios raspados. Quería ser de todo y no sabía qué: padre, hijo, esposo, amante. Sería el mensajero de la bodega que traía al barrio productos de la canasta básica asignados que ya apenas llegaban. La miseria de dinero que ganaba la utilizaba en tatuarse. Sus desgracias se las atribuía a su familia. 

El Gringo, por sus pecas y blancura de la piel, y El Gato, por su rapidez en los tejados, se irían semana por semana al monte a fabricar carbón. Una vez terminada la «aroma» bondadosa en energía, se girarían para el «palo blanco». Vendían el saco a 2 000 pesos.

Elsa, la más jíbara, se entregaría a los novios. Le daría para comer y vestir, además de fumar y tomarse los rones. Era una ferviente seguidora del amor y la conflagración entre los seres. Bella como Afrodita, eso sí. Finalmente, se sentía terrible, condenada, perdida e impotente ante el apetito de los hombres. Un día colapsó en una charca de sangre en el baño. Ya sangraba hacia la muerte. 

Lina, simpática y emprendedora, era de cuerpo sencillo. Comenzó vendiendo la cocina de inducción que le habían otorgado por haber tenido un par de jimaguas. Dejó la familia cocinando con leña, hasta el carbón vendía, además de los cigarros de la bodega y la libra de azúcar mensual. 

Con el tiempo las relaciones se tensaron. Un pez, un cigarro o un pancito de bodega podían disparar groserías, ofensas y hasta tiradera de objetos. Los ánimos estaban caldeados.   

Como si fuera poco, la «China» invadía los cuerpos de la familia y los rostros parecerían guayos. El Chicungunya agudizaría las penas y los dolores. Una nieta, madre soltera, aportaría dos bebés sin pensar en el rechazo que ofrecen los niños a estos malditos tiempos. Para ponerle la tapa al pomo, otra nieta, que había construido una choza en el patio, saldría huyendo, enrumbaría hacia el norte y se refugiaría en zona caldeada de algún lugar. Dejaría dos niños al cuido de «Los Chichos».

En abril de 2026, las cosas se complicaron para «Los Chichos», pero la resiliencia los sacó a flote una vez más: la aroma escaseaba, la canasta estaba deprimida, los condones también. Los precios del petróleo se disparaban y el Medio Oriente ardía. El cerco se estrechaba y el miedo era real. 

Lázaro vendería turnos para el cajero a 1 500 pesos, más tarde mangos, cangrejos y aguacates. Elsa cantaría en la «mipyme» de la esquina y seguiría vendiendo su cuerpo, pero sin dejarlo en ninguna parte; los carboneros venderían también las hornillas y los palitos de tea que sacaban de las lagunas secas. 

Pronto criarían animales, en la choza abandonada estaría un potro vistoso y una yegüita sata; en el baño, un gallo fino acoplaría con una gallina española; mientras que en la sala, una lechona rubia se satanizaba con un puerquito de capa oscura. Poco a poco, la idea de monetizar el hogar con el dólar creció y todo se resolvió.   

Por doctor en Ciencias Rodolfo Acosta Padrón

Tomado de Periódico Guerrillero

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