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Pozos artesanales, la respuesta de Mantua a la crisis del agua

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Foto: Lázaro Boza Boza
Breve reseña de un problema

Agua, tenemos bastante en esta llanura al pie de la montaña. Desde las estribaciones de Montezuelo hasta los manglares en el fondo de La Vigía, Mantua es un mar de aguas subterráneas.

Una docena de fuentes de abasto en los más de novecientos kilómetros cuadrados del territorio debían garantizar el flujo del líquido vital. Las más importantes rodean la cabecera municipal con el fin de servir agua a más de diez mil habitantes. Pero los prolongados apagones y la ausencia de combustible para los grupos electrógenos de respaldo, provocan un desabastecimiento crónico que, a la vuelta de los últimos tres meses, afecta sobremanera la vida diaria de las personas.

Los carros cisternas, se mueven con combustible diésel, más escaso que la gasolina, y el único bombeo solar instalado en las inmediaciones de la villa solo es efectivo unas cuantas horas al día, si no se nubla el cielo.

En una jornada, solo es posible servir agua a los centros de salud, escuelas del casco urbano y casos médicos críticos. No da para más.

Un pozo artesanal se perfora en una jornada

Primero es el que mide. Dicen que tiene “corriente” y que, las “venas de agua” se le manifiestan a través de los pies hasta un arco de alambre que sostiene pegado a ambos lados de las caderas. El “brujo” camina por el patio, adelante, atrás, y de repente el alambre se tuerce y marca donde está el manantial subterráneo.

“Acá los hay muy buenos en esos menesteres. – dice Agustín, un vecino de Mantua, beneficiado con un pozo_ Marcan el agua con un arco de cabilla que hombres bien plantados no pueden doblar, y sin embargo, en sus manos se convierte en un buñuelo”.

Después de la medición, plantan el andamio y comienzan a excavar.

Por su sencillez e ingeniosidad el proceso es digno de ser descrito: a un tubo de seis metros y unos siete centímetros de espesor se le agrega una “barrena”, fabricada de un extintor de incendios.

Con la ayuda de sendas “llaves perros”, de las empleadas en la industria petrolera, dos hombres hacen girar la barrena que, poco a poco, va penetrando hasta que el “extintor” (la barrena) se llena de materia prensada. Luego, lo extraen, con unos pinchos vacían el contenido, y de nuevo al hoyo.

“Para que la penetración sea más efectiva, – dice Armando, uno de los fabricantes_ dos individuos pasados de peso, vaya, dos gorditos, se colocan encima de las llaves, lo que obliga a la barrena, mientras gira, a horadar con más ímpetu el terreno”.

Y agrega: “En Mantua el agua se puede encontrar entre los cuatro, los seis y los diez metros de profundidad. Cuando pasas el barro y llegas a la arena, enseguida el pozo de unos tres metros de agua y no se agota”.

Algunos pozos tienen alto contenido de hierro (agua rojiza) o contaminación, pero la mayoría son aptos para consumo y otros usos domésticos.

“Cuando el hueco está hecho, _ dice Manuel, ayudante del “perforador” _ se encamisa; esto es colocar un tubo plástico o de aluminio del mismo grueso dentro de la excavación, para que no se derrumben las paredes. Después se le coloca una bomba manual o eléctrica, asistida por un generador de gasolina, para que se limpie el manantial. Hay pozos_ concluye_ a los que se les puede extraer mil, dos mil, tres mil litros de un golpe. Otros pueden tener una turbina el día entero”.

Ventajas y desafíos

Los pozos traen independencia del sistema eléctrico, acceso constante al agua y constituyen una solución comunitaria sin dependencia estatal. Entre los contras tienen la calidad variable del agua (hierro, contaminación), riesgo de salinización o filtraciones de aguas residuales si no se construyen correctamente.

“Pero es eso, o nada. _ dice Adela, una mantuana_ En mi casa, por ejemplo, tenemos uno que el agua es una maravilla, pero no se puede almacenar: a los dos días se pone roja. Entonces la usamos en el diario, para lavar, limpiar, regar las plantas”.

Pero la mayoría ha tenido mejores experiencias en un territorio donde la contaminación ambiental y del subsuelo es casi inexistente. Nelson Castro construyó un pozo que da agua suficiente para cubrir las necesidades de más de siete viviendas.

“Yo engancho la turbina con un Delta 3_ dice Nelson_ y le doy agua mis vecinos. Es un deber en estos tiempos.” _ concluye.

Orlando el barbero es dueño afortunado de un pozo con agua extremadamente pura que comparte con el barrio.

“Está certificado por laboratorio. _ dice, y agrega_ Yo creo que es tan buena como la de Antúnez”.

¿Cuántos pozos tiene un pueblo?

El número, según estadísticas que lleva el gobierno local, superaba los ciento veinte pozos en marzo de este año. Pero las cifras crecen exponencialmente con la acuciante necesidad de agua potable en los núcleos urbanos y semirrurales del territorio y la imposibilidad de suministrarla por las vías tradicionales.

“Hasta el momento, nadie ha llamado la atención porque fabriquemos pozos en patios particulares. _ dice Armando_ Pero la gente resuelve y el estado se alivia un poco de una carga que hoy se vuelve insoportable”.

Resiliencia y adaptabilidad son las palabras que resumen esta historia. Tener acceso al agua es un derecho básico, negado a millones de habitantes en el orbe. En Cuba, cercada por la insanidad y la codicia, fabricar pozos es una opción que alivia el momento, y en opinión de quien escribe, una iniciativa que debe ser reconocida; porque, precisamente, de eso y de muchas más acciones creativas, va lo de sobrevivir.

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