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Vindicación de la mujer en la obra de Irina Elén González

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No es menos cierto que aún existen ciertos prejuicios hacia la producción simbólica que ejercen las personas del sexo femenino, prevaleciendo el hombre como protagonista durante décadas como especie de gravamen que solo se rompe y desdibuja por medio de talento y oportunidades. Dentro de este selecto grupo se halla la interesante y encantadora obra de Irina Elén González cuya producción pictórica parece a simple vista tener ciertos puntos de contacto con la obra del colombiano Fernando Botero, pero esto no es más que una referencia sutil, esta creadora ha logrado desmarcarse tácitamente desde la forma y el contenido de toda influencia estética que suele conectar su propuesta con la de  Botero.

Irina ha construido sólidamente una representación ideoestética donde ha prevalecido entre otros temas: el espacio y tiempo de sosiego femenino, el arraigo simbólico e identitario nacional, los sueños (ya sean de la infancia o la adultez) y la maternidad, convirtiéndose casi “única” y “aisladamente” en esa sistemática voz que ha decidido hablar desde y por las mujeres.

Esta es una artista visual  que desde los primeros encuentros con su obra logra transmitir toda una atmosfera onírica y quimérica al unísono, algo que suele trasladarnos hacia un espacio mágico-espiritual donde parecen converger la fábula y el relato en torno a determinadas “zonas de confort” de las féminas para establecer un dialogo consigo mismas, percibido en obras como: Flora, Acrílico sobre Lienzo, 60 x 75 cm, 2006 y Arraigo, Acrílico sobre Tela, 60 x 75 cm, 2007. En ambas existen dos denominadores comunes; el primero radica en la construcción visual del vestuario de las mujeres (creadas para la ocasión), sobresaliendo la primacía de la textura del tejido y el empleo de la gama amarilla se convierten en verdaderos ‟focosˮ llamativos, creando un estado de quietud e impacto que no permite girar la mirada hacia otro sitio, por otro lado está lo referente  al esparcimiento y abundancia de la flora y la vegetación natural acompañadas de una palma real y un tocororo respectivamente, ambas parecen lanzar serias apuestas hacia la evocación, protección icónica y autóctona, una suerte de ‟vitrinasˮ donde parecen vivir completamente a salvo.

Su obra vierte una madurez conceptual y oficio envidiable, acompañado de un tecnicismo primoroso y un empleo del color exacto, prevalecido en algunos casos los ocres, verde limón, azul prusia, ultramar y cobalto, naranja, rosado, rojo, sombra natural y tierra tostada entre otros que, han hecho convivir y propiciar armónicamente un dialogo con ciertos símbolos narrativos, tales como los pájaros, mariposas, globos, jaulas, jardines, vestuarios femeninos, niños y manzanas, todo ello dentro de un ritmo perfecto, objetividad y claridad discursiva. Todo este corpus desde la forma y el contenido ha centrado su atención (aunque no único) en el tema femenino como principal detonante de su poética, donde la creadora  coloca a las féminas en una suerte de sitio celestial, un mundo otro, construido, recreado y aislado del espacio común, donde el éxtasis, la paz y la  belleza se convierten en una condición necesaria para adentrase en su maravilloso universo

No cabe dudas que desde hace mucho tiempo Irina se ha  encargado de mostrar y colocar un sendero a seguir que persigue como finalidad inmediata el otorgamiento  protagónico que merecen las mujeres dentro de una sociedad cualquiera, aunque para ello implique que se tengan que romper entre todas los más enconados y ultraconocidos dogmas, pensamientos y actitudes.

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