Nos convoca hoy la trascendental tarea de reflexionar sobre la vigencia imperecedera del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. No se trata de un ejercicio de nostalgia histórica, ni de una mera conmemoración formal. Es un acto profundo de militancia, de compromiso y de reafirmación con la obra colosal que él encabezó y que hoy, más que nunca, se mantiene viva, palpitante en cada batalla que libra nuestro pueblo por su supervivencia y su dignidad.
Fidel no fue solo un líder carismático o un estadista excepcional; él supo encarnar, como ningún otro, los anhelos y las luchas de generaciones enteras de patriotas cubanos. Como él mismo expresó, retomando una profunda enseñanza martiana: “No mueren nunca sin dejar enseñanza los hombres en quienes culminan los elementos y caracteres de los pueblos”.
La permanencia de las ideas de Fidel no es un concepto abstracto, es una práctica cotidiana, una guía para la acción.
En la Cuba de hoy, asediada por el recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos, la vigencia del pensamiento fidelista se expresa de manera más nítida que nunca en lo que él denominó la «Batalla de Ideas». Esta no fue una campaña pasajera, sino la estrategia fundamental para contrarrestar la guerra mediática, la subversión ideológica y la desmoralización que el imperio pretendía sembrar en nuestro pueblo.
Su pensamiento estratégico, basado en un honesto y permanente ejercicio de la crítica y la autocrítica revolucionarias, nos llama a jerarquizar lo esencial y a no desentendernos de los problemas de la comunidad.
El legado de Fidel es, por encima de todo, un llamado a la acción y a la unidad. Él advertía con claridad meridiana que la estrategia del imperio es dividirnos, crear descontento y conducir al país a un baño de sangre. Por eso, su insistencia en que la unidad del pueblo es el arma invencible, la clave de la supervivencia de la nación.
La presencia de Fidel está en la resistencia creativa del cubano. Está en la búsqueda incesante de soluciones para burlar el bloqueo criminal e inhumano que nos asfixia, pero que no logra doblegar nuestro espíritu. Está en la defensa firme de nuestra soberanía energética, recordando sus advertencias sobre el problema de la energía en el Tercer Mundo. Está en la solidaridad internacionalista que sigue siendo la señal de identidad de nuestra política exterior, en la defensa de las causas justas y de la paz mundial, principios que él inculcó como herencia irrenunciable. Está, también, en el esfuerzo diario de los jóvenes y los intelectuales que, desde sitios web y las redes sociales, esgrimen la verdad histórica frente a la maquinaria de desinformación enemiga, porque como Fidel expresó: “La verdad siempre se abre paso más tarde o más temprano”.
Fidel sigue siendo ese hombre con ideas que se traducen en el acero más poderoso que jamás haya forjado un revolucionario, y constituyen, su legado eterno.
En la lucha de cada día, en la resistencia de un pueblo que se niega a claudicar, Fidel no ha muerto ni morirá jamás, vive y vivirá entre nosotros.








