Él era «El Viejo» Leoncio. Siempre hablaba de la naturaleza, hoy hubiera sido del medio ambiente y habría ido a la escuela, la que no existía en su época. Entonces hubiera censurado los daños que ha causado el hombre a la naturaleza, a pesar de las bondades de esta con él.
«El Viejo» tuvo unas pocas novias en aquellos parajes de montes y poca gente. Una de ellas le enseñó a leer y a escribir. No obstante, él decía que era un plátano burro, porque no había ido a la escuela. Pegado a los 40, se empataría con su prima Domitila, quien había tenido una sufrida e ingrata vida por varios infortunios de amores.
Tendrían cinco robustos hijos a base de boniato, yuca, carne de puerco y de pollo, además de la leche de la vaca, siempre presente en aquella antigua casa de guano y tabla a la orilla del río, donde no faltaba el café y los sorullos de tabaco para ambos. Con el tiempo, los muchachos se fueron yendo poco a poco, unos para el más allá y otros para acá.
Domitila era una mujer de poco hablar, siempre vestida de blanco, fumaba empedernidamente en casa y tomaba sorbos de ron todos los días, muchas veces traídos expresamente por «El Viejo» para la señora. Ella y «El Viejo” eran fieles a este secreto, y a otro que consistía en un pacto: todo el dinero que Leoncio ganaría sería utilizado en el hogar, y lo que se ahorrara, Leoncio lo guardaría en una lata de galletas, ubicada en el tercer cocotero de las 10 que había plantado detrás de la casa.
«El Viejo» tenía un acre de tierra de polvillo y arenosa detrás de su antigua casa, que yacía sembrada de granos: maíz o frijol. Una vez me dijo que aquella tierra no servía para nada que no fuera criar pájaros y animales pequeños.
Todos los años abonaba el suelo con tierra fresca del bosque cercano, que no era suyo. La pareja se alimentaba esencialmente con granos. Hervían las mazorcas de maíz, las roseaban con azúcar o sal, a lo mexicano, y se las comían, debajo de la arboleda, escuchando el llamado de las vacas y su música natural.
Una vez me dijeron que ellos sentían el viento libre golpear el monte y los enloquecía escuchar a los pájaros cantando en las ramas o volando, y que adoraban despertar temprano en la mañana con los sinzontes y zorzales cantando sus canciones desde el techo de la casa o las ramas secas, para despedir al astro rey que se ponía por el oeste.
Inmediatamente los cantores se rendían ante el sueño, cuando ya las tiñosas eran viejas durmiendo en las copas de los arboles más altos de la colina. Evidentemente, la pareja conocía el lenguaje que los árboles y los animales hablaban.
Ambos eran supersticiosos. Leoncio era un juglar nato, narraba cuentos y leyendas antiguas del barrio y de los alrededores: que si los fantasmas volaban en la noche, y andaban por los caminos, las lomas y las casas de curar tabaco; que si el boniato pide que se le siembre en los meses que tengan «r», que si la madera hay que cortarla en menguante, que si las cercas se echan en junio.
Leoncio tenía obsesión con acabar con la hierba mala y sembrar en su lugar árboles y vegetales para que los trabajadores se cobijaran en sus sombras, los niños comieran frutas y los padres elaboraran dulces. Por eso siempre andaba con la guataca en mano, echando abono orgánico y tierra virgen para rellenar los suelos pobres, sacados de zanjas y huecos que las lluvias creaban.
Repetía incansablemente que sus enemigos eran los hurones y los insectos que se comían las hojas tiernas de los granos, además de las malas hierbas y el calor sofocante.
“El Viejo” miraba con malos ojos las quemas de hierbas de los campesinos, cuyo humo subía y contaminaba el cielo, mientras que los animales quedaban sin comida, con problemas respiratorios y escondiéndose inopinadamente del sol.
Asimismo, criticaba la tierra ociosa, sin sembrar y la construcción de viviendas en tierras de tabaco. Hoy, en silencio, le hubiera dolido la existencia de basureros desbordados y sus incendios, los lugares abandonados y las producciones detenidas en el tiempo, tal vez sin entender los por qué, y sin saber que el cinco de junio es el Día Mundial del Medio Ambiente.
El mes pasado murió «El Viejo» Leoncio, a los 99 años, rayado por un trueno, debajo de un aguacate que él mismo sembrara, cuando escuchaba el sonido de esos truenos que ponen a temblar el suelo, respirando fuego y humo por las narices como si la tierra emprendiera una nueva carrera que valdría la pena vivir.
Tres días más tarde Domitila se encaminó hacia el tercer cocotero con la guataca, ya mal encabada, de Leoncio. Cavó y cavó hasta que sacó el tesoro. Estaba rebosante de dólares, pesetas mexicanas y pesos cubanos.
Hace pocos días falleció Domitila, se escuchó un grito de pánico, y después vino un profundo silencio, hasta que al amanecer pasó un hombre a caballo, y más tarde la gente vino. Murió de una cirrosis hepática, como era de esperar, y se llevó otros secretos que nunca confesó, ¡dice la gente!
Por: DrC. Rodolfo Acosta Padrón
Tomado de Periódico Guerrillero








