Entre recuerdos de infancia con mis amigos, nos dimos cuenta de algo que duele: la mayoría de los juegos que nos hicieron felices han quedado relegados al rincón de la memoria. El tirapiedras, el quemado, el trompo, las cuatro esquinas, los yaquis, los plaitos chinos, el papalote, las chinatas, las escondidas y muchos otros … nombres que hoy suenan casi como palabras en extinción.
Y no es casualidad. La tecnología, la inseguridad en las calles, el ritmo acelerado de la vida adulta y hasta cierto desinterés por lo colectivo han ido arrinconando esas prácticas. Pero lo grave no es solo que los niños ya no jueguen a eso, sino que dejaron de jugar con otros. El trompo exigía pulso y paciencia para enredar la pita; las escondidas, ingenio para no ser encontrado y lealtad para no hacer trampa; los yaquis y los plaitos chinos, reflejos y palabra empeñada. El papalote no solo volaba: era una excusa para correr contra el viento en equipo.


Y qué decir del tirapiedras —tan peligroso como formativo en la puntería y el respeto por el daño ajeno—, o las cuatro esquinas, donde la velocidad se mezclaba con la estrategia. El quemado, por su parte, enseñaba que a veces hay que sacrificarse para salvar al compañero.
Lo paradójico es que esos juegos requerían casi nada: una tiza, un trompo de madera, un pedazo de hilo, piedras redondeadas por el río. Y sin embargo, lo daban todo: comunidad, riesgo, reglas negociadas al vuelo, risas y, por supuesto, algún que otro berrinche.


Perderlos no es solo un golpe a la nostalgia. Es perder una escuela de socialización que ninguna pantalla puede replicar. Por eso, recuperar un trompo, organizar una tarde de escondidas o enseñar a hacer un papalote no es un acto anticuado. Es, sencillamente, devolverle a la niñez un poco de la magia que nunca debió irse.
Porque antes de los «me gusta» y los filtros, existía el vértigo de una piedra bien lanzada, la gloria de quemar al rival o la emoción de contar hasta cien sin moverse. Y eso, amigos, no se descarga en ninguna aplicación.









