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Murales pinareños, un patrimonio por el que luchar

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Canto de Paz

A propósito de junio y las celebraciones medioambientales a nivel internacional, resulta conveniente revisar uno de los géneros de las artes visuales que mayor impacto ha tenido desde que los seres humanos comenzaron a manifestarse artísticamente. Sobre todo por su historia en Pinar del Río y por los treinta y cinco años que ya cumplen algunos de tales proyectos.

El arte mural es uno de los más extendidos por el mundo. Los murales constituyen una potente herramienta para la educación popular: generalmente al aire libre, de grandes dimensiones, llenos de símbolos y signos de fácil asociación con movimientos, prácticas o sucesos universales, la mayoría de las veces de colores y formas llamativas e intensiones comunicativas indiscutibles. Cada uno de sus códigos responden a mensajes que subyacen en políticas sociales enfocadas en el bienestar humano y las agendas de trabajo consensuadas desde las más actuales visiones teóricas sobre el desarrollo sostenible. Desde que el hombre necesitó expresar sus miedos, desafíos y propósitos, los murales existen. Y aun hoy, cuando la información cuenta con tantas vías para compartirse -muchas de ellas paradójicas- el arte mural sobrevive como discurso alternativo de vocación militante, comunitaria y sociocultural.

En Cuba, independientemente de la condición de Ciudad de los Murales de que hace gala Sancti Spíritus, muchos son los ejemplos que a lo largo de toda la isla nos permiten entender algunos momentos de auge para la muralística y la correspondiente concientización de sus potencialidades didácticas y movilizadoras de pensamiento. En la actualidad, sobre todo los creadores más jóvenes, imbuidos del espíritu del graffiti y la pintura mural, no solo transforman sitios específicos como centros de enseñanza artística o filiales de la Asociación Hermanos Saíz, también se suman a propuestas que van logrando renombre en el país y la región como la Bienal Internacional de Pintura Mural Internos, en Santiago de Cuba -que este año celebró su edición XVII- o aúnan esfuerzos para concebir nuevos eventos, como en el caso del proyecto sociocultural ¨Arte 92¨ de La habana, de donde surgieron el Festival de Arte Comunitario Jesús del Monte y el Encuentro Internacional de Arte Urbano Generarte –ya con dos ediciones-.

En la provincia contamos conun número considerable de murales. A lo largo de las últimas décadas, a partir de ciertas circunstancias, se han desarrollado obras que hasta hoy perduran y cuya restauración ha venido aparejada a periodos de remozamiento del municipio, como sucedió en el aniversario 150 de la entrega de Título de Ciudad a Pinar. Algunos surgieron a raíz de pedidos oficiales para la Escuela de Instructores de Arte y La Escuela Latinoamericana de Medicina en Sandino, que en sus momentos contaron con muchos de los artistas locales más reconocidos. Pero los más relevantes fueron llevados a cabo en la ciudad, por artistas también prestigiosos y con toda la capacidad comunicacional que se espera de este tipo de manifestación, pues cada enclave implica un punto medular de tránsito o encuentro, incluso en los sitios menos céntricos.

En 1991 quedaron establecidas ciertas relaciones de amistad y trabajo entre los especialistas de nuestro Consejo Provincial de las Artes Plásticas y un grupo de artistas muralistas de Dusseldorf, Alemania, historia que se enriquecería más tarde con acciones del Proyecto CUBA-BRASIL y las obras del proyecto Pinartesela. Desde entonces -aunque cada vez menos- se han realizado intercambios entre Cuba y Alemania que han permitido obras y trabajos comunitarios en ambos lugares. Y como resultado de ello, nuestra ciudad cuenta con obras valiosas, que ya resultan parte indispensable de nuestra cotidianidad.

Los más reconocidos son Mi ciudad, en el parquecito cercano a la Dirección Provincial de Educación, en la calle Martí; Protección y Conexión, ambos sobre los muros del IPU Rafael Ferro, en la calle Maceo;Canto de Amor, en la pared exterior de la Fábrica de Bebidas y Licores, en la intersección de la Avenida Capitán San Luís y la autopista vial Colón; Fe, en el Parque Colón y El Quijote cabalga de nuevo, sobre los muros del Centro Hermanos Loynaz, que se aprecia mejor desde los terrenos de ETECSA –oficina principal, cercana al Parque de la Independencia-.

Cada una de estas obras y su mantenimiento han implicado un trabajo conjunto entre artistas, especialistas de arte, apoyos gubernamentales y acompañamientos institucionales; largos periodos de investigación antropológica y cultural y las más disímiles consideraciones para la interacción entre la obra y los innumerables públicos. Cada mural alberga una celebración de nuestros tesoros patrimoniales, un abrazo a las culturas del mundo, apuntes sobre la contaminación ambiental en sus más diversas aristas y un llamado al derecho de la diversidad, la paz y la convivencia respetuosa.

Nuestros murales constituyen un patrimonio invaluable, no solo porque hayan sido producto de la creación de artistas tan reconocidos como Juan García Miló, Isaac Linares Guerra, Abel Morejón Galá, Ulises Bretaña Hevia, Luis Contino Roque, Reina Ledón, Mari Cuqui, Idania Labrador, Margarita Rodríguez, o, entre otros, Klaus Klinger -quien durante toda su vida constituyó el nexo fundamental con la comunidad de artistas alemanes-, sino por lo que implican conceptualmente. Cada uno es un mensaje de amor, de sabiduría popular traducida en experiencias cotidianas de autodescubrimiento, valoración, alabanza y ensoñación. A través de estos murales se respira nuestra historia, nuestras esencias, el humor y la seriedad con que vivimos y los sueños y anhelos con que construimos.

De izquierda a derecha: Klaus Klinger, Juan García Miló, Abel Morejón Galá e Isaac Linares Guerra (Realización del mural Conexión)

Que recordar estos treinta y cinco años de un proyecto tan importante sirva para seguir apoyando la gestión de iniciativas como en la que Abel Morejón lograra concretar su mural pacifista y medioambientalista con BadRío, en el Reparto Hermanos Cruz y sus murales en Alemania en los últimos cinco años. Para sensibilizar a los responsables de instituciones sobre la importancia de conservar obras simbólicas de gran impacto y que no se pierdan, como en los casos del mural de la Universidad Hermanos Saíz y los del Parque del Ferrocarril -estos últimos de Juan Manuel Menéndez Mena, Juan Blanco Jiménez y Januar Valdés Barrios, que reunían en diálogo armónico a protagonistas de la literatura infantil y la animación cubana junto a iconos del panorama internacional-. Y que sirva, por supuesto, para que cada uno de nosotros, como observadores o decisores, aprendamos a valorar cada obra como lo que es, un regalo a nuestros sentidos, nuestra espiritualidad y sobre todo, un llamado a preservar no solo esos fragmentos de pared, sino el universo geofísico y sociocultural que representan.

Autora: Yania Collazo González

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