La obra de Juan Miguel Suarez se ha debatido a lo largo de mucho tiempo entre el llamado realismo y el hiperrealismo, dejando una pequeña “brecha” de dudas en cuanto a su clasificación exacta (aspecto que considero intranscendente); Lo cierto es que una parte de su influencia estética está visiblemente marcada por el legado de las escuelas europeas del siglo XIX. No obstante, la re-contextualización y representación de su propuesta han hecho una especie de ‟parte aguas” sobre cualquier síntoma de categorización estilística.
Juan Miguel es simple y llanamente una máquina de virtuosismo técnico que ha encontrado en el género pictórico su mejor aliado, cuya búsqueda hacia la ‟perfección desde la forma y el contenido lo han colocado en el sendero de una producciónideoestética que lo ha distinguido desde el comienzo de su carrera.
Su obra es una contundente aprobación de fidelidad al oficio y “pacto” indestructible con acto de PINTAR. Juan Miguel ha puesto muy en práctica el haber cursado estudios en el Instituto Superior de Diseño de la Habana, tal y como se percibe desde el punto de vista formal en que suele construir sus piezas, sobre todoen cuanto a la estructura compositiva donde la colocación, disposición, equilibrio, armonía y ritmo visual de cada elemento suelen ser exactos y dialógicos, sustentado sobre la base de una pincelada elegante y un imponderable uso del color que han logrado que una buena parte del eje central de su discurso no radique única y exclusivamente en su solución formal (he aquí una trampa en la que no deberíamos caer) como lectura primaria; En mi opinión, una parte de lo más interesante dentro de su obra ha radicado en su trasfondo, en esa especie de capa “invisible” que sugiere una aguda e interesante lectura conceptual, tal es así que algunas de sus piezas suelen traslucir un ambiente de tensión emocional, desalentador y “trágico” a veces, conduciendo a la mente humana hacia las más diversas reflexiones en torno a tópicos que van desde lo sicológico, personal, social, contextual y circunstancial, detectadas por ejemplo en la obra: No Fate, Óleo sobre Lienzo, 100 x 120 cm, 2005.
En tal sentido su propuesta, más allá del encantamiento visual, intenta alertarnos a “gritos” sobre la belleza corporal como credencial y fachada atractiva, trofeo e instrumento codiciado para dar paso a la centralización y focalización del rostro como el más ‟certeroˮ espejo del alma.
Este creador constituye uno de esos artistas que parece llevar muy a cuesta la frase icónica: “Una imagen dice más que mil palabras”, un hecho que se constata en cada encuentro frente a su propuesta donde parece dictar y certificar lo siguiente: “Para comprender al ser humano, dilucidar sus laberintos mentales, deseos, sueños, poses y actitudes que suelen encontrar refugio detrás de una bella imagen, habrá que correr tras los pasos de este creador para que nos desvele el manto de las apariencias que se esconden detrás cada espíritu representado, esos que cada día conviven entre nosotrosˮ.









