Cuando se piensa en los niños, resulta inevitable asociarlos con juegos, sueños, aprendizajes y descubrimientos. Sin embargo, no todos tienen la oportunidad de vivir una infancia marcada por la tranquilidad y la seguridad que merecen.
La violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, continúa siendo una realidad que afecta a miles de menores en distintas partes del mundo y deja consecuencias que pueden acompañarlos durante toda la vida.
En Cuba, la protección de la niñez ha sido históricamente una prioridad. La familia, la escuela y las instituciones tienen la responsabilidad de garantizar espacios seguros donde los más pequeños puedan desarrollarse plenamente. Aun así, este es un tema que nunca debe darse por resuelto, porque el cuidado de la infancia exige atención constante, sensibilidad y compromiso de toda la sociedad.
Considero que uno de los mayores desafíos está en reconocer que la violencia no siempre deja marcas visibles. En ocasiones se manifiesta a través de palabras, actitudes, negligencias o situaciones que afectan el bienestar emocional de los niños y limitan su desarrollo. Por eso resulta tan importante fomentar entornos donde prevalezcan el respeto, el diálogo y la comprensión.
También pienso que escuchar a los menores, prestar atención a sus preocupaciones y acompañarlos en cada etapa de crecimiento es una forma de protegerlos. Muchas veces, detrás de un cambio de conducta o de un silencio prolongado, puede existir una situación que requiere apoyo y atención.
Hablar de la infancia es hablar del futuro. Cada niño que crece en un ambiente sano y seguro tiene mayores oportunidades de convertirse en un adulto capaz de aportar positivamente a la sociedad. En ese sentido, más que una responsabilidad institucional, proteger a los más pequeños debe ser un compromiso compartido por todos.
Garantizar una niñez libre de violencia es, en definitiva, una de las mejores maneras de construir una sociedad más humana, más justa y más solidaria.









