El 13 de marzo, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel anunció públicamente el inicio de conversaciones con Estados Unidos. Mientras la mayoría de los medios internacionales reaccionó con relativa objetividad, centrada en informar el contenido de las declaraciones del también Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, el anuncio desencadenó una reacción inmediata en el ecosistema digital tóxico de la Florida: ataques virulentos, acusaciones de traición y una avalancha de mensajes que presentaban el diálogo como una capitulación del gobierno cubano.
Para quien observe únicamente ese universo digital, la conclusión parecería obvia: la opinión pública estadounidense sería abrumadoramente hostil a cualquier acercamiento con Cuba. Sin embargo, cuando se examinan otros espacios de debate público, la imagen cambia de manera radical.
Un análisis de más de mil comentarios de lectores en artículos publicados por The New York Times y The Washington Post, ese mismo día, revela un panorama mucho más complejo. Predominan las críticas a la política coercitiva del gobierno de Estados Unidos hacia Cuba, acompañadas por corrientes antiintervencionistas, humanitarias y de defensa de la soberanía nacional que cuestionan la legitimidad de la presión estadounidense sobre la isla.
Este contraste entre el ruido de las redes y el contenido de otros espacios de debate público ilustra una realidad central de la política contemporánea: las plataformas sociales no son la opinión pública.
El espejismo de la mayoría digital
Las plataformas sociales generan una ilusión poderosa. La enorme visibilidad de los mensajes y la velocidad con la que circulan producen la sensación de que estamos observando directamente lo que piensa la sociedad. Pero esa percepción ignora una diferencia fundamental entre visibilidad y representatividad.
El ecosistema digital de la extrema derecha anticubana en la Florida mantiene una presencia extremadamente activa en plataformas sociales. A través de cuentas influyentes, medios digitales y redes de amplificación, este espacio político produce un volumen de contenido capaz de dominar determinados tramos de la conversación en línea. No se trata de militancia digital espontánea, sino, en muchos casos, de dispositivos comunicacionales organizados y orientados a la guerra de información contra Cuba.

El concepto de cibertropa, elaborado por el Oxford Internet Institute (OII), ofrece un marco útil para entender este fenómeno. Se trata de estructuras organizadas de intervención política en el entorno digital —formadas por operadores humanos, cuentas coordinadas, perfiles falsos, automatizaciones y nodos mediáticos afines— cuyo objetivo no es deliberar ni informar de manera equilibrada, sino influir, intoxicar, amplificar narrativas, fijar marcos interpretativos, desmoralizar al adversario y alterar la percepción pública de los hechos.
El enorme volumen de mensajes de esta cibertropa, producido y distribuido con lógica de campaña, puede generar la impresión de que existe un consenso hostil mayoritario hacia Cuba en Estados Unidos e incluso dentro de nuestro país, En realidad la narrativa tóxica es sostenida por una minoría intensa y sobrerrepresentada gracias a las dinámicas algorítmicas de las plataformas.
Sin embargo, cuando se examinan espacios de discusión más amplios, como los foros de lectores en grandes periódicos estadounidenses, aparecen posiciones mucho más diversas y matizadas.
Lo que dicen los lectores estadounidenses
El análisis de comentarios en The New York Times y The Washington Post revela que la reacción del público estadounidense ante el anuncio del diálogo no responde a una única lógica interpretativa.
Los comentarios analizados aparecieron el 13 de marzo de 2026 en los siguientes artículos:
• The New York Times: “Cuban President Acknowledges Talks with the Trump Administration” (217 comentarios).
• The Washington Post: “Cuba acknowledges secret meetings with U.S. as Trump dials up threats” (844 comentarios).
Lejos de confirmar una adhesión mayoritaria hacia la coerción contra Cuba, el análisis de los comentarios de lectores estadounidenses en dos grandes diarios muestra un mapa de reacciones mucho más rico.
Conviene subrayar, no obstante, un límite metodológico: no se trata de una muestra representativa de toda la sociedad estadounidense, sino de un corpus específico de comentarios en dos medios concretos. Aun así, el ejercicio está realizado con criterios sistemáticos de observación y clasificación, y resulta suficientemente sólido para demostrar el punto central de este trabajo: la conversación visible en redes no equivale, por sí misma, a la opinión pública realmente existente.

En más de mil comentarios de lectores que reaccionan a los artículos de ambos diarios, donde se reseña la conferencia de prensa del presidente Miguel Díaz-Canel, se observan las siguientes matrices.
- Matriz antiintervencionista / antiimperialista (22%). Es la corriente más fuerte del corpus. En ella, la política de Washington aparece como una forma de intimidación imperial y como continuidad de una larga historia de coerción contra la isla. Su núcleo es claro: Estados Unidos no tiene legitimidad para decidir el destino político de Cuba.
- Matriz antibelicista / temor a la escalada (15%). La segunda corriente más relevante no interpreta el diálogo como un gesto diplomático tranquilizador, sino como una posible antesala de agresión, bloqueo reforzado o intento de “cambio de régimen”. Aquí pesa la experiencia reciente de otros escenarios de conflicto y la percepción del actual gobierno estadounidense como detonador de crisis.
- EE. UU., gobierno hipócrita y autoritario (12%). Una parte importante de los comentarios subraya la contradicción entre exigir libertades y derechos a La Habana mientras el gobierno estadounidense socava esas mismas garantías dentro de Estados Unidos. El foco aquí no es solo Cuba, sino la ausencia de credibilidad moral y democrática del actor que formula las exigencias.
- Matriz humanitaria: rechazo a castigar a la población cubana (9%). Esta corriente desplaza la discusión desde la geopolítica hacia la ética. Lo que se cuestiona es la legitimidad de una política que castiga a la población mediante apagones, asfixia económica, escasez y sufrimiento cotidiano.
- Matriz anticubana liberal (8%). El corpus no muestra una defensa uniforme del sistema político cubano. Existe un sector que critica con dureza al gobierno de La Habana, reclama liberación de presos, pluralismo y elecciones, pero sin asumir por ello la coerción estadounidense como vía legítima.
- Matriz “ni Trump ni el castrismo son los buenos” (7%). Otra franja del debate rechaza el falso dilema entre alinearse con Washington o con La Habana. Aquí el pueblo cubano aparece atrapado entre dos poderes, y se formula una crítica simultánea a las sanciones estadounidenses y a los problemas internos del sistema cubano.
- Reformismo pragmático: apertura económica tipo Vietnam o China (7%). También aparece una corriente reformista que desplaza el acento desde el conflicto político hacia la necesidad de una apertura económica gradual. La referencia a Vietnam, China o Deng Xiaoping reaparece como imaginario de reforma posible.
- Gobierno de EE. UU. saqueador y codicioso (6%). Una parte significativa de los lectores sospecha que la retórica democrática del gobierno de Estados Unidos encubre intereses económicos privados: resorts, hoteles, negocios inmobiliarios, reapertura depredadora de la isla al capital y reedición de viejas relaciones de dependencia.
- Pro–cambio de régimen / anticomunista dura (6%). Existe, por supuesto, un bloque claramente alineado con la caída forzada del sistema cubano. Pero el dato políticamente importante es que no domina el corpus.
- Matriz soberanista: que decidan los cubanos (3%). Aunque se solapa con la antiimperialista, esta matriz tiene perfil propio porque coloca en el centro el principio de autodeterminación.
- Matriz histórica: Batista, mafia, bloqueo y responsabilidad estadounidense (3%). Algunos comentarios leen la coyuntura desde una memoria histórica larga. No ven la relación EE. UU.-Cuba como un episodio aislado, sino como continuidad de una historia de dominación, mafia, tutela y hostilidad.
- Matriz pragmática de oportunidad (2%). Finalmente, aparece una corriente menor que, aun rechazando la política de Estados Unidos hacia Cuba, considera que si del proceso saliera una mejora real para la vida en la isla, ello sería positivo.
Este mapa de reacciones es decisivo porque rompe la imagen simplificada que proyecta la cibertropa de la Florida. Los ejes dominantes del debate no fueron la adhesión automática a la línea dura contra Cuba, sino la crítica a las amenazas del gobierno estadounidense por intervencionistas, belicistas, hipócritas y crueles; el rechazo al castigo económico contra la población; y la existencia de corrientes críticas con el gobierno cubano que, aun así, no aceptan una lógica colonial, militar o tutelada.
El bloque abiertamente favorable a la imposición de medidas coercitivas contra Cuba existe, pero es minoritario.

Por qué las redes distorsionan la percepción pública
Este contraste no es casual ni anecdótico. Revela una diferencia de fondo entre la opinión pública realmente existente y su simulacro algorítmico en plataformas sociales. Mientras los lectores de dos de los medios más influyentes de Estados Unidos, The New York Times y The Washington Post, expresan mayoritariamente rechazo a la coerción contra Cuba, críticas al intervencionismo de Washington y reparos ante una política de castigo contra la población, la cibertropa anticubana de la Florida consigue proyectar en las plataformas digitales un sentido común completamente distinto: el de un supuesto consenso compacto, agresivo y favorable a la línea dura, alineado con la posición del gobierno estadounidense.
Esa disonancia responde a la propia arquitectura de las redes. Las plataformas no amplifican a quienes representan mejor el sentir mayoritario, sino a quienes intervienen con más intensidad, coordinación y volumen. De ese modo, minorías altamente activas, disciplinadas y sobrerrepresentadas por las lógicas algorítmicas pueden colonizar tramos enteros de la conversación y hacer pasar su ruido organizado por clima general de opinión.
En segundo lugar, los algoritmos de las plataformas priorizan los contenidos que generan interacción emocional. La indignación, el conflicto y la polarización tienden a circular más que las posiciones moderadas o matizadas.
En tercer lugar, las redes favorecen la formación de cámaras de eco: comunidades donde los usuarios interactúan principalmente con personas que comparten sus mismas posiciones ideológicas. Dentro de esas burbujas informativas, determinadas narrativas pueden parecer dominantes, aunque en realidad representen a una minoría.
Finalmente, las redes no están compuestas únicamente por usuarios humanos. Bots, cuentas coordinadas, publicidad pagada y estrategias de amplificación artificial pueden inflar tendencias o generar la ilusión de movilizaciones masivas. El resultado es un entorno donde la intensidad de una narrativa no necesariamente refleja su peso real en la sociedad.
La teoría clásica de la opinión pública ya advertía contra la tentación de confundir visibilidad mediática con consenso social. El filósofo Jürgen Habermas entendía la opinión pública como el resultado de procesos de deliberación social en los que distintos actores discuten asuntos de interés común. El periodista Walter Lippmann subrayaba que la opinión pública siempre está mediada por representaciones simplificadas producidas por los medios. Y el sociólogo Pierre Bourdieu advertía que muchas veces lo que se presenta como “opinión pública” es una construcción producida por mecanismos de medición o por estructuras de poder.
Las plataformas sociales no sustituyen estos procesos. En realidad, los reconfiguran, introduciendo nuevas dinámicas de visibilidad, polarización y segmentación.
El anuncio del inicio de un diálogo entre Cuba y Estados Unidos fue recibido de manera muy distinta por las cibertropas de la Florida, especializadas en desinformación y agitación digital, y por amplios sectores de lectores estadounidenses. Ese contraste deja una enseñanza central para comprender la política actual: el ruido de las redes puede hacer creer que determinadas narrativas se han impuesto en el debate público, cuando en realidad solo están siendo sobreamplificadas. En cuanto se observan otras fuentes —comentarios de lectores, encuestas, debates mediáticos o conversaciones sociales más amplias— aparece un panorama bastante más complejo, diverso y contradictorio.
Las plataformas sociales tienden a sobredimensionar minorías hiperactivas, a hacer pasar por mayoría lo que es amplificación y a conceder a las cibertropas una centralidad que no siempre tienen fuera del circuito que ellas mismas dominan.
En tiempos de guerra informativa, esta distinción no es secundaria. Es una condición básica para comprender cómo se fabrica la apariencia de consenso y cómo, detrás del ruido de las plataformas, siguen existiendo corrientes de opinión mucho más diversas, contradictorias y abiertas de lo que el algoritmo quiere hacernos creer.
Tomado de Cubadebate









