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Editorial: Aulas bajo asedio

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La educación no es un privilegio ni una mercancía, es un derecho humano fundamental, una herramienta de igualdad y el principal recurso con que cuenta una nación para construir su futuro.

En Cuba, la enseñanza ha sido durante décadas una prioridad social incuestionable. Sin embargo, ese empeño enfrenta hoy obstáculos que trascienden las dificultades económicas internas y encuentran una de sus expresiones más visibles en los efectos del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos.

Con frecuencia se habla del bloqueo en términos de cifras millonarias, restricciones financieras o limitaciones comerciales. Pero detrás de esas estadísticas existen realidades concretas que impactan directamente en las aulas: libros que no llegan a tiempo, laboratorios que envejecen sin posibilidad de renovación, computadoras que no pueden ser sustituidas y materiales escolares que escasean debido a las dificultades para acceder a mercados e insumos esenciales.

Las afectaciones son palpables. Al inicio del curso escolar 2025-2026 persistían dificultades con la disponibilidad de libros de texto y materiales docentes vinculados al proceso de perfeccionamiento educativo. Más de 118 000 niños de preescolar y primer grado no contaban oportunamente con todos los cuadernos necesarios para el aprendizaje de la lectura, la escritura y las matemáticas. A ello se suma el déficit anual de millones de lápices y otros recursos básicos imprescindibles para el proceso de enseñanza.

Sin embargo, donde faltan recursos suele aparecer la voluntad. En escuelas y círculos infantiles de todo el país, maestros y educadores apelan diariamente a la creatividad para sostener la calidad de la enseñanza. Materiales reciclados, medios de enseñanza elaborados artesanalmente y el apoyo constante de las familias se convierten en alternativas para enfrentar las carencias.

Pero la creatividad no puede sustituir indefinidamente los recursos necesarios para educar. Ningún sistema escolar puede aspirar al desarrollo pleno cuando sus docentes deben dedicar una parte importante de sus esfuerzos a resolver problemas materiales que no deberían existir.

Las consecuencias resultan aún más evidentes en la formación técnica y profesional. Talleres con equipamientos deteriorados, herramientas insuficientes y máquinas fuera de servicio limitan las posibilidades de aprendizaje práctico. La respuesta ha sido buscar alternativas mediante aulas anexas en empresas e instituciones productivas, una solución que demuestra capacidad de adaptación, pero que no elimina las causas del problema.

El impacto también alcanza a la informatización de la enseñanza. En una época marcada por la transformación digital, la inteligencia artificial, la conectividad y el acceso instantáneo al conocimiento, las restricciones tecnológicas generan una brecha que condiciona el desarrollo académico. No se trata únicamente de adquirir computadoras. El acceso a software especializado, plataformas educativas, bases de datos científicas y herramientas de colaboración internacional forma parte de la educación contemporánea, y Cuba enfrenta obstáculos adicionales para acceder a ellas.

La situación adquiere una dimensión especialmente sensible en la educación especial. Niños y adolescentes con discapacidades intelectuales, visuales, auditivas o motoras requieren tecnologías asistivas, materiales adaptados y recursos especializados que, en muchos casos, deben obtenerse en mercados internacionales bajo condiciones particularmente complejas. Cuando estos medios faltan o llegan con retraso, quienes más sufren son precisamente aquellos estudiantes que necesitan un mayor respaldo para desarrollar plenamente sus capacidades.

Resulta imposible ignorar esta realidad. Cada aula con limitaciones materiales, cada laboratorio que no puede modernizarse y cada recurso pedagógico que no llega a tiempo representan un obstáculo para el desarrollo del país. No porque falte talento, compromiso o preparación profesional, sino porque existen barreras externas que encarecen y dificultan el acceso a medios esenciales para enseñar y aprender.

Aun así, la educación cubana permanece de pie. Lo hace gracias a miles de maestros, profesores, trabajadores del sector y familias que continúan apostando por el conocimiento como motor de transformación social. Pero la resistencia no debe confundirse con normalidad. Que las escuelas sigan funcionando y que los educadores mantengan su entrega cotidiana no significa que las afectaciones hayan desaparecido.

Defender el derecho universal a la educación implica también denunciar todo aquello que limite su ejercicio pleno. Cuando una política obstaculiza la llegada de libros, materiales escolares, tecnologías educativas y recursos destinados a la formación de las nuevas generaciones, deja de ser un asunto exclusivamente económico para convertirse en una cuestión profundamente humana.

Porque detrás de cada cifra hay un niño aprendiendo a leer, un joven preparándose para ejercer una profesión, un maestro formando valores y una familia depositando sus esperanzas en el futuro. Y cuando se limita el acceso a las herramientas necesarias para educar, no solo se afecta a una escuela o a un país. Se afecta uno de los derechos más esenciales del ser humano: el derecho a aprender.

La educación cubana continúa resistiendo. Pero ningún derecho debería tener que sobrevivir bajo asedio.

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