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Educar para la vida

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Foto tomada de internet

En tiempos difíciles, cuando la realidad aprieta y las urgencias parecen tragarse cada conversación dentro del hogar, hay algo que no puede quedar relegado a un “después”: la formación espiritual de nuestros hijos.

No hablamos aquí de religión, ni de reglas impuestas como etiqueta, sino de espiritualidad como la base ética y humana que sostiene a una persona cuando lo material se desmorona, como el conjunto de valores, hábitos, sensibilidad y sentido de propósito, que permite vivir con dignidad, incluso, en medio de la escasez.

Cuba ha visto en los últimos años un deterioro evidente de numerosos indicadores que atraviesan la vida cotidiana. Y entre ellos, duele reconocerlo, se han resentido, también, las garantías de una educación de calidad y la estabilidad formativa que antes funcionaba como una columna de la sociedad.

Cuando el sistema educativo enfrenta carencias, cuando los recursos son limitados, cuando la tensión social se cuela en las aulas y la familia llega agotada a fin de mes, el crecimiento integral del niño queda peligrosamente expuesto.

En este escenario, sería un error pensar que la responsabilidad educativa descansa únicamente en la escuela. Y es que la familia siempre será el primer territorio donde se decide qué tipo de ciudadano vamos a formar. Ahí se aprende -o se desaprende- el respeto, la disciplina, la empatía, el sentido del deber y la cultura del esfuerzo.

Ahí también se incuban, con preocupante frecuencia, ciertos comportamientos que luego vemos multiplicados en la calle: la bravuconería como forma de imponerse, la desmotivación hacia el estudio, el facilismo convertido en norma, la complacencia innecesaria que confunde amor con permisividad, y esa peligrosa idea de que “lo importante es resolver”, aunque se resuelva mal, a cualquier precio.

Si el hogar normaliza el grito, el desprecio y el “no pasa nada”, no puede sorprendernos que la sociedad se endurezca. Si un padre celebra la picardía y desprecia el conocimiento, no debería extrañarle que su hijo desprecie la escuela. Si una familia renuncia a educar hábitos, límites y sueños estará renunciando también a una parte del futuro del país.

Sin embargo, lo hasta ahora escrito no pretende quedarse en la crítica -por necesaria que sea-, sino lanzar una invitación directa: padres y madres deben evaluar, con seriedad, opciones adecuadas para el crecimiento espiritual de sus hijos, especialmente en esta etapa de desafíos.

No se trata de “tenerlos ocupados” por tenerlos, sino de encauzarlos: ayudarles a descubrir una vocación, una disciplina, una habilidad, una pasión. Porque un niño que entrena, crea, aprende y participa, es un niño menos vulnerable a la apatía y al vacío.

En Pinar del Río existen iniciativas que merecen más respaldo desde la familia. Los ejemplos sobran: deportes, manifestaciones artísticas, talleres de verano, grupos de teatro, cursos de música, casas de cultura, círculos de interés, espacios comunitarios donde todavía se enseña a construir, no solo a consumir. En todos los casos, proyectos que, aunque no siempre cuentan con lo ideal, conservan algo decisivo: propósito, y es que en el desarrollo de un adolescente, el propósito vale tanto como el pan.

Muchos de esos espacios están ahí, esperando, y no siempre son adecuadamente explotados por las familias. A veces se impone el prejuicio (eso no sirve), otras veces la inercia (no tengo tiempo), y otras, lo más triste: la falta de interés. Pero educar no es solo alimentar y vestir; educar es acompañar, es preguntar, es orientar y también imponer una rutina sana en medio del caos… es protegerlos de las malas compañías, no con vigilancia ciega, sino con alternativas reales, con pertenencia, con metas.

Es importante asumir que un niño en un equipo deportivo aprende disciplina, respeto, tolerancia a la frustración y cooperación. Un adolescente en un taller de teatro aprende a comunicarse, a escuchar, a expresar emociones sin violencia. El arte refina; el deporte estructura; la cultura eleva; la comunidad sostiene. Y todo eso, junto, puede convertirse en un rompeolas contra la vulgaridad, la agresividad y la indiferencia.

No podemos seguir “criando al paso”, esperando que la vida los enderece o que el tiempo los “haga madurar”. El tiempo no educa: educa el ejemplo, educa la palabra coherente, educa el límite puesto a tiempo. También educa el hábito de leer, el respeto por el maestro, la responsabilidad con las tareas, el valor del esfuerzo.

En un país donde tanto se ha tensado el tejido social, la familia tiene que volver a ser escuela de humanidad. Y ello implica revisar prácticas de crianza que ya no podemos justificar: la rudeza sin sentido, la permisividad que termina en irresponsabilidad, el orgullo por la “viveza” que luego se transforma en irrespeto y violencia. Cuba no necesita más bravucones, necesita más ciudadanos. Y los ciudadanos no nacen por decreto, se forman.

Que cada familia pinareña se haga la pregunta: ¿estoy criando a mi hijo para la vida o para sobrevivir sin valores? Porque sobrevivir no es suficiente. La nación se reconstruye con gente íntegra, no solo con gente que “resuelve”.

Hoy más que nunca debemos apostar por el crecimiento espiritual de nuestros hijos, no como un lujo, sino como una prioridad, porque en medio de la incertidumbre, lo único verdaderamente sostenible es lo que se construye dentro: la ética, la sensibilidad y el amor por lo bueno. Y eso, en buena medida, empieza en casa.

Tomado de Periódico Guerrillero

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