Pedro Pablo Oliva es un artista visual que a día de hoy resulta muy difícil realizar una síntesis de su trayectoria artística, más aún si tenemos en cuenta que acumula más de cinco décadas de labor ininterrumpida dentro del campo artístico: Su obra constituye desde hace mucho tiempo uno de esos registros simbólicos indispensables dentro de la historia del arte cubano posterior a 1959.
A lo largo de todas las etapas por las que ha transitado su creación ha sido fácil apreciar su referencias ideoestéticas hacia el humor, el comics y la caricatura, con una tenue pero marcada influencia de clásicos como Chagall o el cubano Eduardo Abela entre otros; Es por ello que, para intentar al menos“asomar” superficialmente la mirada al universo del Premio Nacional de Artes Plásticas del año 2006 he decidido concentrar algunos de los “cuños” iconográficos construidos por el creador a lo largo de su carrera ¿con que objetivo?, colocar sobre la mesa de debates ciertos y determinados elementos que a mi juicio han sido fundamentales para identificar su poética dentro del gran concierto del arte cubano contemporáneo, ellos son:
El dibujo.
La metáfora y el suplemento textual.
El recurso del símbolo como construcción estética.
La experimentación y el uso de la textura.
El erotismo, la sensualidad y el sexo.
El tratamiento del color.

Uno de los puntales icónicos dentro de la poética de Oliva resulta el protagonismo del dibujo como guía visual por medio de una exquisita ejecutoria en la construcción del “andamiaje” y universo estético que despliega, convirtiéndose en una especie de búsqueda exacta (por medio de las líneas) de cada atmosfera y expresión para cada personaje y objeto dentro de un determinado contexto, amparado sobre la base una primorosa factura, dominio técnico y excelente limpieza.
Resulta muy particular la manera en que el autor aborda la metáfora y el uso del suplemento textual en una buena parte de su obra,sobre todo con cierta dosis de ambigüedad intrínseca dentro de su contenido per se ¿cómo se manifiesta?; En la aparición reiterada de elementos y textos que parecen conducir un nexo entre el grito alentador de la obra como denunciante y el espectador, modelando y tejiendo desde la representación visual una reflexión filosófica y existencialista que suele ser visceral, sin embargo, tampoco sustrae la posibilidad (dentro de tanta contingencia explicita dentro de la propuesta) que en su trasfondo pudiera aflorar cierta comicidad y humor contagiante, tal como se aprecia en las obras Las extrañas divagaciones de Utopito, Mixta sobre Cartulina, 100 x 70 cm, 2012.
Por otra parte está lo referente al grado de utilidad, visibilidad y contenido manifiesto que le confiere al “recurso del símbolo como construcción estética” en muchos de los “acertijos” que nos propone dentro de su iconografía pictórica, tales como las piedras, camaleones, suplementos verbales, manzanas, elementos del circo, flores, manillas de cuerda entre otros, parecen orientar una parte de la representación estética hacia códigos discursivos que emanan un lenguaje propio dentro de cada propuesta, una especie de sellos identitarios de una parte vital dentro de su producción.

La experimentación y el uso de la textura han ocupado un lugar protagónico, en mi opinión, se trata de una necesidad estética, formal y narrativa a la vez que desde su debut ha sido una vena latente en casi todas sus propuestas, una especie de fuente insaciable de búsquedas desde lo formal y lo conceptual o simplemente una “encarnación” de los hechos que necesita ser palpada y sentida, más allá del placer estético, algo que lo ha llevado a transitar por la cerámica, la instalación, el collage, la acuarela, el dibujo y la escultura, haciendo gala de madurez, oficioy maestría en cada ejecución, ejemplo de ello se ha visibilizado en las obras: El beso, de la serie Alegrías y tristezas de El Malecón, Escultura en bronce( edición de 9), 183 x 41 x 30.5 cm, 2011 y Homenaje a un soldado de mi pueblo( políptico), mixta, objetos y collage sobre masonite, 287 x 182 cm, 1986.
Otro de los registros recurrentes dentro de su poética ha residido en la carga sistemática de erotismo, sensualidad y sexo como “cuño” de amor, placer y vida que se dispone mostrarnos un deseo innato de la condición natural de todo ser humano: El sexo, la sensualidad y su erotismo que emana de cada uno de nosotros y que resulta imposible de ocultar, en unos casos de manera explícita, en otras más escurridiza pero igual de visibles, tal como se observa en las obras: Ya sé que no soy un hombre puro, Óleo sobre tela, 120.7 x 104.2 cm, 1994, El gran beso de la mina (Homenaje a Gustav Klimt), de la serie Sillones de mimbre, Óleo sobre tela, 200 x 205 cm, 1997 y Homenaje a Rembrandt, de la serie El artista y su modelo, Óleo sobre tela, 236 x 220 cm, del año 2000 entre otras.
En cuanto al tratamiento del color este ha sido el resultado de un inagotable oficio, constituye además un procedimiento limpio y elegante, compuesto por una paleta muy cromática donde los empastes, las veladuras y trasparencias se encuentran para evocar representaciones que parecen extraídas de cuentos y fabulas, otorgándole a cada espacio discursivo un ambiente único e irrepetible, hermoso y agradable en algunos casos, dramático y contundente en otros, haciéndose evidente en las piezas: Saturno jugando con sus hijos (Políptico), Óleo sobre tela, 212 x 464 cm, 1991, El gran Refugio, de la serie Refugios, Óleo sobre tela, 238 x 430 cm, 1992, El abuelo o Los tiernos sueños de Teresita, de la serie Sillones de mimbre, Óleo sobre tela, 115 x 105 cm, 2005 y El inconcluso milagro del pan y los peces (tríptico), Óleo sobre tela, 290 x 435 cm, 1998.
Cabría agregar entre muchísimas otras cuestiones técnicas, formales y conceptuales lo siguiente: Estamos ante la presencia de un creador de su tiempo, comprometido hasta la saciedad con su obra y pensamiento como escudo y lanza, una suerte de “QUIJOTE VIVO” con una marcada, sistemática y reconocida proyección internacional; Su obra es con absoluta certeza una de las propuestas que con mayor claridad, honestidad y lucidez en las últimas décadas ha extendido un puente terrenal entre la “vida” cotidiana y el arte sin penumbrosos atajos ni aislamientos: Oliva, ha pretendido ante todo captar lo más fiel y cristalino el de cursar de la vida con todos sus impactos sobre el hombre y su espacio de convivencia.









