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La hepatitis, una sombra silenciosa que aún podemos disipar

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Cada 28 de julio, el calendario nos invita a reflexionar sobre una de las pandemias más silenciosas y, paradójicamente, más prevenibles de nuestro tiempo: la hepatitis viral. En este Día Mundial contra la Hepatitis, la consigna no es solo de concientización, sino de una llamada urgente a la acción. Porque si algo hemos aprendido de la crisis sanitaria global de los últimos años, es que lo que no se ve, no deja de existir.

La Organización Mundial de la Salud nos recuerda una cifra escalofriante: cada 30 segundos muere una persona en el mundo a causa de una hepatitis viral. Hablamos de una enfermedad que, en sus variantes B y C, infecta de forma crónica a cientos de millones de personas, muchas de las cuales lo ignoran. Esta invisibilidad es el caldo de cultivo perfecto para la cirrosis y el cáncer de hígado, dos desenlaces que podrían evitarse con diagnóstico temprano y tratamiento.

Es cierto que hemos avanzado. La vacuna contra la hepatitis B es un hito de la medicina preventiva, y los antivirales de acción directa han transformado la hepatitis C de una sentencia de por vida a una enfermedad curable en más del 95% de los casos. Sin embargo, la brecha entre lo que la ciencia puede hacer y lo que los sistemas de salud implementan sigue siendo abismal.

El mayor obstáculo no es la falta de conocimiento, sino la falta de voluntad política y de financiación. En muchas regiones del mundo, el acceso a las pruebas diagnósticas sigue siendo un lujo, y el estigma asociado a las vías de transmisión (uso de drogas inyectables, relaciones sexuales sin protección) sigue empujando a los pacientes a la sombra. La hepatitis no es un castigo, es una infección que requiere un abordaje laico, médico y compasivo.

En este día, la reflexión debe ir más allá del gesto simbólico. Necesitamos que los gobiernos integren la lucha contra la hepatitis en sus sistemas de salud primaria, que las campañas de cribado sean masivas y gratuitas, y que la industria farmacéutica garantice que los tratamientos, especialmente los de última generación, lleguen a quien los necesita, sin importar su código postal o su capacidad de pago.

Eliminar la hepatitis como amenaza para la salud pública para 2030 no es una utopía; es un objetivo técnicamente viable. Pero para lograrlo, debemos desterrar el silencio. Hoy, más que un día de conmemoración, debería ser un día de compromiso. Porque la hepatitis no solo daña el hígado: daña el tejido social cuando la ignoramos. La mejor cura, lo sabemos, sigue siendo la prevención y la justicia sanitaria.

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